martes, 27 de noviembre de 2007

La Bestia

“Ahí está”, dijo alguien, sobresaltado y notoriamente excitado. Todos giraron para verlo apuntando con sus linternas hacia el animal. Cuando yo miré, solo pude ver un gran cerdo de unos dos metros de largo por tan solo un segundo. Hubo quienes soltaron un grito ahogado de espanto y comenzaron a correr. Una de las linternas cayó sobre el pasto iluminando a mis amigos corriendo en todas direcciones huyendo de la bestia, mostrándolos arrancando como si hubiesen visto al diablo. Los árboles sobre nosotros se erguían como demonios gigantes, solemnes y abominables, decidiendo fríamente nuestra suerte. Me di media vuelta para correr donde creía que estaba la vieja casa de campo, mirando hacia la oscuridad más absoluta, envuelto en la negrura y dando grandes trancos completamente a ciegas.

Los gritos eran insoportables: una de mis amigas lloraba dando fuertes chillidos, otros gritaban llamando a sus madres. Se escuchaban rápidos ruidos de pasos, tastabillando algunos, incluso cayendo al suelo y parándose rápidamente, pero por sobre todo, el cabalgar del cerdo infernal con sus diabólicos y guturales ronquidos, agitados y salvajes.

Podía sentir el corazón a punto de reventarse en mi pecho y como los brazos ahora pesaban cien kilos cada uno, temblando mientras corría. Escuché cuando uno de los niños cayó y el animal lo embistió, gruñendo cruel y bufando un par de veces para nuevamente emprender la carrera, esta vez hacia mí.

Recordé mientras huía al Nicolás diciendo que debíamos ir de una vez por todas para comprobarlo, si existía verdaderamente el cerdo con cabeza de hombre que se aparecía en el bosque las noches sin luna, cuando se lo dijimos a los demás y todos estuvieron de acuerdo, valientes y dispuestos a la experiencia de nuestras vidas, la que podía estar a punto de terminar.

Corría perdido sin alcanzar ningún punto conocido que me llevara a casa. Me detuve jadeando y con el corazón agitado. Miré hacia ambos lados sin poder ver nada. Hasta que hacia mi izquierda se encendieron unas luces a la distancia, probablemente lámparas a gas, como luciérnagas. Muy pequeñas y lejanas de quienes nos buscaban.

Pero apenas sentí alivio, ya que el ruido de los pasos del animal comenzaron a retumbar más fuerte, sacudiendo el piso cada vez más cerca de mí, cada vez más rápido. Corrí tan veloz como pude, pero no tardó en alcanzarme, arremetiéndome por la espalda y botándome de bruces sobre el suelo húmedo. Un terror como no he sentido nunca se apoderó de mí en ese instante, haciéndome llorar como un niño, haciendo que enterrara la cabeza en el lodo y me tapara los oídos con las manos embarradas.

El animal se paró cerca de mi cabeza, pudiendo sentir su respiración en mi cuello. Un escalofrío me recorrió la espalda cuando rodé sobre el césped y lo observé, viendo solo una difusa silueta en la oscuridad. Al sentir que acercaba su cabeza a mi cara, instintivamente la detuve con mis manos… y grité con todas mis fuerzas, al sentir inequívocamente una oreja y una nariz humanas.