viernes, 25 de enero de 2008

Celos

Maldita sea! No sé por qué me enamoré de una mujer tan bella. Creí ser el hombre más dichoso en la tierra al conquistar su amor, pero ese sería el principio de todas mis desventuras. Jamás me imaginé los problemas que me traería.
Aún siento celos. Todos siempre la admiraron: en la micro, en las reuniones que asistíamos, en la calle, en todas partes. No podía soportar que hablara con mis amigos, todos sonriéndole alelados y boquiabiertos mientras ella se erguía orgullosa al ser el centro de atención. Hasta a mi hermano lo sorprendí conversando con ella a solas un día, ¡Dios mío! Habrase visto semejante atrevimiento.
Comencé entonces a vigilarla a donde fuera que fuese, a seguirla a todas partes y en todo momento, pero siempre la sorprendía saludando de beso a sus amigos y abrazando a sus familiares. Discutíamos siempre. Decía amarme, que yo era su único amor, pero yo no podía creerle, no me cabía en la cabeza ante tanto engaño. Entonces un día decidí encerrarla en su cuarto para que no viera a nadie, pero no contaba con que sacara su cabeza por la ventana y hablara con la demás gente.
Hasta que por fin se me ocurrió la solución definitiva a nuestro dilema. Se me ocurrió enterrarla, en un gran cajón con un tubo de oxígeno, para llegar cada noche a verla. Al principio se resistía, pero luego accedió ante la idea de que termináramos. Así, un día cualquiera, se introdujo en el féretro, nos besamos y luego clavé la cubierta como de costumbre. Pero aquella tarde, demoré más de la cuenta en llegar a casa luego de juntarme con mis amigos a beber unas copas. Cuando abrí la caja ella estaba muerta, con una cara de espanto que nunca había visto, con los ojos fuera de sus órbitas, sus manos contra la tapa y el estanque vacío. Lloré. La abracé, la besé en los labios, le hice el amor y, muy a mi pesar, decidí dejarla enterrada.
Pero al cabo de unas semanas me moría por verla, por sentir su piel ahora fría, por un último beso de ella aunque su aliento me provocase náuseas. Entonces la desenterré nuevamente y cual sería mi sorpresa al ver que los gusanos recorrían su piel pálida y descompuesta, apareciendo algunos de unas manchas violáceas y oscuras en ella, derramando pus. Eso fue el colmo. ¡Dios bendito! Que ni siquiera muerta la dejasen en paz.
De eso ya hace seis meses. Todo este tiempo he estado junto a ella en nuestro lecho. He traído junto a la cama un tiesto con agua, la cual bebo poco a poco. No me separo de ella ni para ir al baño. De hecho, ni siquiera voy, hago aquí mismo, en cualquier parte. Una vez que se me acabó la comida que traje a la pieza, me he alimentado de ella, devorando extasiado sólo los trozos que se le desprenden… sería incapaz de hacerle daño. Y casi no duermo, ya que debo evitar que la toquen las moscas.