viernes, 8 de febrero de 2008

La pasajera.

Era de madrugada y me dirigía por trabajo a un pueblo en la pre cordillera. Me encontraba sentado en uno de los departamentos del tren mirando a través del vidrio, feliz de que el cambio de estación se hubiese llevado lejos el frío del invierno y ahora, en cambio, pusiera ante mis ojos un paisaje más lleno de vida, menos gris y más fértil. Me pesaban los párpados y amenazaban a ratos con cerrarse debido a la falta de sueño y a tan imprevisto llamado a laborar. Desde un principio me cuestioné el hecho de tener que levantarme tan temprano, aún a oscuras, pero toda duda se fue de mi cabeza al saber cuanto sería la paga, la cual superaba ampliamente la de mi anterior trabajo. Era sólo cosa de acostumbrarse.

Si bien el tren en el que viajaba era antiguo, debo decir que contaba con muchas comodidades. El pequeño cubículo en el que iba contaba con dos asientos dobles de cuero negro, para dos personas cada uno y ubicados uno frente al otro. Las paredes y la puerta que daba al pasillo eran de pino barnizadas color caoba, con unas molduras doradas con diseños victorianos, las cuales lo hacían a uno retroceder en el tiempo. Solo junto a la ventana, bajo la luz fluorescente, miraba el tembloroso paisaje en penumbras pasando junto a mí, la vegetación, las altas montañas bañadas de brillante luz derramada de una gran luna llena, la cual vigilaba todo el lugar, inmóvil y dispuesta a seguirme a destino. Pensaba en que bien podría dormir un poco antes de llegar, así que apoyé los pies en el asiento frente a mí y cerré los ojos.

Al abrirlos me encontré en un desierto. Sentía mucho calor, estaba sudado y sin camisa bajo un sofocante sol, empuñando una pala en mi mano y cavando un agujero en la arena. Pero con cada palada, con cada cerro de tierra que retiraba, el hoyo no aumentaba ni en tamaño o profundidad. Entonces ponía más energía a la faena y con nuevos bríos trataba de lograrlo, pero todos mis esfuerzos eran en vano. Solté la pala y caí rendido sobre mis rodillas, cuando de pronto, mientras miraba el agujero, el sudor empapaba mi frente y sus gotas caían al abismo de arena, pude ver que algo brillaba de entre ella y asomaba hasta la superficie. Resplandecía a la luz del sol, irradiando paz, haciéndome olvidarlo todo, el intenso calor y el cansancio. Acerqué mi mano para tomarlo, temiendo que, como una mariposa, huyera volando, desapareciendo para siempre. Lo tomé y lo puse ante mis ojos. Era un gran diamante, de hermosos colores y perfecto corte. Me preguntaba como habría llegado allí, pero al no alcanzar respuesta alguna, lo guardé en mi bolsillo y seguí cavando. Ahora no había cansancio en mi ser y el agujero crecía el doble con cada palada. Me costaba entenderlo, pero era como si…

Desperté y por poco caigo del asiento. El tren había frenado, mis pies habían caído de la butaca y mi cabeza se había azotado contra el vidrio de la ventana. Con un dolor palpitante en la sien derecha pude ver que habíamos llegado a una estación intermedia antes de llegar a destino. Estaba poblada de gente madrugadora, iluminada por una hilera de faroles entre la niebla. Observé a unos cuantos pasajeros de todas las edades, acercándose al andén a tomar el tren, todos bien arropados y exhalando vaho por sus bocas.

Hasta que la vi.

Estaba parada al final del andén fumando un cigarro, vestida con un largo abrigo de piel blanco y con sus rubios cabellos suavemente mecidos por el viento. Caminó hacia la puerta del vagón, caminando grácil y sutil, como un ángel, oscilando su femenina humanidad para ser contemplada, admirada y deseada. Después de darle una sonrisa al empleado a cargo de la entrada, subió dejando a muchos hombres fugazmente enamorados, incapaces de decirle palabra y con la convicción cierta de nunca volverla a ver.

Me preparé para que alguien entrara y se sentara a mi lado o en frente. Quizás una mujer con su hijo llorando, lo que detesto, o un anciano que probablemente se pusiera a dormir y con sus ronquidos despertara a todo el tren. El flujo de pasajeros hacía un gran ruido, entrando con pesadas valijas y acomodándose donde podían. Tras la puerta de mi pieza, no podía verlos sino más que imaginarlos. Al ver que nadie entraba, me acurruqué para seguir soñando.

Hasta que sentí que la perilla de la puerta, era girada fuertemente y con decisión. Se abrió rápidamente, haciéndome despertar y sacar mis pies de donde estaban. Ante mis ojos apareció la rubia del andén, la que si bien me desilusionó un poco al ver que teñía sus cabellos, no dejó de sorprenderme ante semejante belleza. Era una adolescente de unos veinte años, que tras su blanco abrigo, vestía un corsé negro y una blusa de encaje del mismo color. Un vestido y unas botas de tacos altísimos cerraban el cuadro, como musa del más eximio pintor. Caminó sin decir palabra y se sentó frente a mí.

Podía sentir como me latía el corazón, furioso, probablemente de nervios. No podía dejar de mirarla debido a lo bella que era. Sus ojos eran oscuros y parecían no tener fondo. Su nariz era perfecta, grande y angulada, como la arista de un diamante, la cual le daba un aire interesante y armonioso a su rostro. Por último, sus labios eran de un color rosado natural que hacían ver su boca como un botón de rosa. Era un monumento a la belleza y a la juventud.

Miraba soñadora por la ventana el paisaje siendo tenuemente alumbrado por los primeros rayos de un tímido sol. Podía ver que sus ojos estaban vidriosos, luciendo el inconfundible brillo que sucede al llanto. Me preguntaba que tanto podría atormentarla a tan corta edad, cuál sería esa pena tan grande que la hacía estar tan ida y ausente. Recordé alguna desilusión profunda o un desengaño tremendo en mi vida como para entender como se sentía, pero no encontraba ninguno. Yo, mucho mas maduro, sabía que se los había llevado el tiempo y los había sepultado bajo todos los pasados – y pesados - granos del reloj de arena de mi vida. Me sentía sereno al tener esta capacidad, esa especie de don, pero que estaba seguro que los años también le darían a ella. Mas le valía que así fuera.

Pero de pronto me di cuenta de que su mirada estaba fija en algo más allá del cristal, inmóvil e inexistente, sin contemplar nada. Estaba ensimismada en sus pensamientos, como durmiendo despierta. Necesitaba aterrizar lo antes posible.

- “ Disculpa?” – dije suavemente para no asustarla, lo cual de nada sirvió, ya que se sobresaltó igualmente. Giró su cabeza despacio con cara de interrogación – “Te sientes bien?” – pregunté.

- “Si. Por que lo preguntas?” – dijo.

- “No pude dejar de notar cierta pena en tu rostro. De veras estás bien? Viajas sola?”

- “Si, estoy bien, gracias. Y si, voy sola”

- “Viste la luna?”

- “Si, se ve preciosa”

- “Es bella, pero apostaría a que está celosa de ti. Ella no resplandece tanto como tú” – dije.

Sus ojos sonrieron y soltó una pequeña risa. Hablamos durante un rato. Me dijo su nombre, a donde se dirigía y en quien pensaba mientras miraba hacia afuera por la ventana. Me dijo que ya estaba superado, pero que como viajaba mucho no tardaba en ponerse melancólica al dejar un lugar y recordar momentos de dulce y de hiel. Con mi mejor sonrisa la invité al carro comedor a tomar algo y aceptó gustosa.

Nos sentamos en la última mesa del último vagón y conversamos de todo un poco. Fue grande mi sorpresa al saber que se dirigía a trabajar al mismo lugar que yo, lo cual me alegró, sabiendo que podríamos acompañarnos el uno al otro en este lugar extraño y tan lejano. Luego de unas copas, de conversar durante horas de manera sincera y reír alegremente, nos quedamos callados por unos segundos, sabiendo de lo afortunados de habernos descubierto e inventar juntos aquel momento. Sin duda nos necesitábamos. De seguro eso me dio el coraje suficiente para tomar su mano sobre la mesa, sintiendo su calor y como lo correspondió apretando la mía a la vez. Nuestros ojos se encontraron para abrazarse durante minutos y así permanecimos, en silencio ya que toda palabra estaba de mas, tomados de la mano y mirándonos. Le dije si me acompañaba y asintió.

Abrí la puerta del último vagón y haciéndome a un lado, la invité a salir. Caminó hasta llegar a la baranda y apoyó sus manos, aferrándose al frío metal. Se podía ver el paisaje alejarse rápidamente, los árboles, los prados y las viejas casas en la lejanía. Los rieles iban quedando atrás rápidamente transformándose en sólo un punto en el horizonte. Sin estar seguro de lo que pasaría, me acerqué hasta su espalda y la abracé por detrás. Su abrigo era agitado violentamente por el viento, al igual que su pelo, el que tomé con mi mano y lo aparté para dejar desnudo su cuello, el que besé cerca de su espalda. Se giró decidida y rodeando mi cuello con sus brazos, nos besamos ese amanecer, solos sobre el tren escalando las alturas. Su cálida boca me ofreció su néctar, del que bebí hasta saciar mi sed. Sus labios acariciaron los míos mientras mis manos hacían lo propio con su cuerpo, bajando por su espalda, tocando sus pechos y su entrepierna, cayendo mi mano en la trampa de sus muslos.

Al llegar a destino, nos bajamos tomados de la mano y una vez en el andén me puse frente a ella, acaricié su mejilla con mi mano y tomando su delicada cara por la barbilla, la besé nuevamente en los labios, de manera apasionada y tierna a la vez. Recogimos nuestras maletas y emprendimos el camino.

Los días transcurrieron tranquilos y felices. En nuestro trabajo éramos inseparables, compartíamos los víveres y reíamos a cada momento. Después de nuestra jornada laboral, solíamos ir a un cerro cerca de la obra, el cual subíamos para sentarnos en unas rocas y amarnos sin pensar.

- “Sabes? Hay una historia sobre este lugar. No es nada buena.” – le dije al oído, mirando pensativos hacia el cielo frente a nosotros, con ella sentada entre mis piernas.

- “Si? Y cuál es?” – preguntó con su voz de niña mujer.

- “Dicen que hace mucho tiempo, este lugar era visitado constantemente por parejas de jóvenes, las cuales se encontraban aquí a escondidas para demostrarse su amor en un tiempo en que aquello les estaba prohibido por el párroco del pueblo. Era una especie de refugio para los enamorados. El cura, al saber de su existencia, montó en cólera y, renunciando a sus principios cristianos en busca de un escarmiento para quienes gustaba llamar “perdidos”, echó un maleficio en esta cumbre. Cuando le preguntaron cómo podía haber hecho algo semejante, él se limitaba a contestar: “Si viven en pecado, que se vayan con Satanás, porque ya no son hijos de Dios. Si hice lo que hice, él sabrá perdonarme. Era menester que así fuese”. Del cura nunca más se supo, desapareciendo misteriosamente y sin dejar rastro. Pero muchos, hombres y mujeres enamorados que vieron su amor morir y desvanecerse, se lanzaron desde esta piedra al vacío para terminar con sus días de tormento. Desde aquel tiempo se dice que quienes se besen en esta cima, se separarán y su amor se habrá perdido”.

- “Y tú crees en esas cosas?” – dijo, volteándose y besándome en los labios. - “No seas tonto. Nos amamos y juntos somos invencibles, nuestro amor es inmortal”.

- “Por qué me amas? No tengo un cuerpo bello ni joven como tú, sólo mi amor, mi locura y mis letras” – dije mirándola a los ojos.

- “Es más de lo que buscaba…” – dijo, para luego besarme lentamente, como bien sabe que me gusta.

Esa noche terminamos en un hotel del centro. Ardiendo de pasión llegamos a la habitación, cerramos la puerta como pudimos, abrazados, besándonos locamente y despojándonos de nuestras ropas rápidamente y sin tiempo que perder. Una vez desnudos la tomé en brazos y la deposité suavemente en la cama. Era hermosa. Yacía desnuda, con su legua humedeciendo sus labios y pasando su mano entre sus pechos, bajando hasta su vientre para encallarla luego en su sexo, entre su púbico césped. Me recosté a su lado y la besé en los labios. Nos abrazamos y rodamos por el lecho, tocando su piel de leche, suave como la nieve, besándola en los labios primero y dispuesto a recorrerla desde la cabeza a los pies. Comencé bajando por su cuello, mordiendo y lamiendo hasta llegar a su pecho, apretando sus senos, poniendo mi boca en sus pezones erectos para succionarlos febrilmente. Seguí más abajo pasando por su vientre y una vez llegado a su entrepierna, besé su monte de venus, introduje mi lengua en él, haciéndola arquear su espalda, echar su cabeza hacia atrás y morderse los labios de placer. Podía sentir como acariciaba mi pelo con sus manos, jadeando de goce. Una vez que alcanzó el orgasmo, me levanté y me puse sobre ella, abrazándome con sus piernas, sabiendo que quería más.

La besé con mis manos en sus mejillas y suavemente me introduje dentro de ella. Gimió al instante y volvió a hacerlo una y otra vez al ritmo de nuestro amor. Sentía sus manos en mi espalda, su respiración agitada, sus pechos moviéndose y su vagina cálida y húmeda. Si la muerte me habría de sorprender, no podría imaginar un mejor lugar.

Nuestros cuerpos se adhirieron en sudor, nuestras bocas gritaban en deleite y nos mecíamos con frenesí. Cuando ella llegó a la luz, enterró sus uñas en mi espalda, encogió los dedos de sus pies y gritó desde lo más profundo de su ser, desde su íntimo triángulo. Caí rendido a su lado y ella se aferró a mi cuerpo, besándonos una vez más. Lo hicimos toda la noche, una y otra vez, hasta que salió el sol y entró por la ventana a decirnos “deténganse”.

Fue maravilloso. Los días que vinieron también, pero de pronto, como el cielo antes de la tormenta, fueron tornándose grises y fríos. Algo en ella cambió, haciéndola hablar cada vez menos, rehuir a mis brazos sin explicación alguna, hasta un día desaparecer para siempre, del trabajo y de mi vida.

La echo de menos, la extraño. Ahora sé que el diamante de mi sueño era ella, el que en mi labor me hacía sentir lleno de vida, llevándose lejos cualquier malestar y llenando de dicha mis horas. Me siento solo. Una vez le dije que se parecía al viento, nunca en un mismo lugar y siempre viajando de norte a sur para visitar a sus padres, y viceversa, a veces cálida, a veces fría. Ingobernable, etérea, indomable.

Así han pasado estos días malditos, teniendo la certeza de que vendrán muchos más. Y cada mañana, cada día que comienza, abrigo aún la esperanza de que vuelva, para verla, para tenerla en mis brazos y besarla… una vez más.

(Dedicado a Fer, la pasajera que conocí mientras transitaba por la vereda del frente de la vida, en la que no para de llover)

viernes, 25 de enero de 2008

Celos

Maldita sea! No sé por qué me enamoré de una mujer tan bella. Creí ser el hombre más dichoso en la tierra al conquistar su amor, pero ese sería el principio de todas mis desventuras. Jamás me imaginé los problemas que me traería.
Aún siento celos. Todos siempre la admiraron: en la micro, en las reuniones que asistíamos, en la calle, en todas partes. No podía soportar que hablara con mis amigos, todos sonriéndole alelados y boquiabiertos mientras ella se erguía orgullosa al ser el centro de atención. Hasta a mi hermano lo sorprendí conversando con ella a solas un día, ¡Dios mío! Habrase visto semejante atrevimiento.
Comencé entonces a vigilarla a donde fuera que fuese, a seguirla a todas partes y en todo momento, pero siempre la sorprendía saludando de beso a sus amigos y abrazando a sus familiares. Discutíamos siempre. Decía amarme, que yo era su único amor, pero yo no podía creerle, no me cabía en la cabeza ante tanto engaño. Entonces un día decidí encerrarla en su cuarto para que no viera a nadie, pero no contaba con que sacara su cabeza por la ventana y hablara con la demás gente.
Hasta que por fin se me ocurrió la solución definitiva a nuestro dilema. Se me ocurrió enterrarla, en un gran cajón con un tubo de oxígeno, para llegar cada noche a verla. Al principio se resistía, pero luego accedió ante la idea de que termináramos. Así, un día cualquiera, se introdujo en el féretro, nos besamos y luego clavé la cubierta como de costumbre. Pero aquella tarde, demoré más de la cuenta en llegar a casa luego de juntarme con mis amigos a beber unas copas. Cuando abrí la caja ella estaba muerta, con una cara de espanto que nunca había visto, con los ojos fuera de sus órbitas, sus manos contra la tapa y el estanque vacío. Lloré. La abracé, la besé en los labios, le hice el amor y, muy a mi pesar, decidí dejarla enterrada.
Pero al cabo de unas semanas me moría por verla, por sentir su piel ahora fría, por un último beso de ella aunque su aliento me provocase náuseas. Entonces la desenterré nuevamente y cual sería mi sorpresa al ver que los gusanos recorrían su piel pálida y descompuesta, apareciendo algunos de unas manchas violáceas y oscuras en ella, derramando pus. Eso fue el colmo. ¡Dios bendito! Que ni siquiera muerta la dejasen en paz.
De eso ya hace seis meses. Todo este tiempo he estado junto a ella en nuestro lecho. He traído junto a la cama un tiesto con agua, la cual bebo poco a poco. No me separo de ella ni para ir al baño. De hecho, ni siquiera voy, hago aquí mismo, en cualquier parte. Una vez que se me acabó la comida que traje a la pieza, me he alimentado de ella, devorando extasiado sólo los trozos que se le desprenden… sería incapaz de hacerle daño. Y casi no duermo, ya que debo evitar que la toquen las moscas.

martes, 27 de noviembre de 2007

La Bestia

“Ahí está”, dijo alguien, sobresaltado y notoriamente excitado. Todos giraron para verlo apuntando con sus linternas hacia el animal. Cuando yo miré, solo pude ver un gran cerdo de unos dos metros de largo por tan solo un segundo. Hubo quienes soltaron un grito ahogado de espanto y comenzaron a correr. Una de las linternas cayó sobre el pasto iluminando a mis amigos corriendo en todas direcciones huyendo de la bestia, mostrándolos arrancando como si hubiesen visto al diablo. Los árboles sobre nosotros se erguían como demonios gigantes, solemnes y abominables, decidiendo fríamente nuestra suerte. Me di media vuelta para correr donde creía que estaba la vieja casa de campo, mirando hacia la oscuridad más absoluta, envuelto en la negrura y dando grandes trancos completamente a ciegas.

Los gritos eran insoportables: una de mis amigas lloraba dando fuertes chillidos, otros gritaban llamando a sus madres. Se escuchaban rápidos ruidos de pasos, tastabillando algunos, incluso cayendo al suelo y parándose rápidamente, pero por sobre todo, el cabalgar del cerdo infernal con sus diabólicos y guturales ronquidos, agitados y salvajes.

Podía sentir el corazón a punto de reventarse en mi pecho y como los brazos ahora pesaban cien kilos cada uno, temblando mientras corría. Escuché cuando uno de los niños cayó y el animal lo embistió, gruñendo cruel y bufando un par de veces para nuevamente emprender la carrera, esta vez hacia mí.

Recordé mientras huía al Nicolás diciendo que debíamos ir de una vez por todas para comprobarlo, si existía verdaderamente el cerdo con cabeza de hombre que se aparecía en el bosque las noches sin luna, cuando se lo dijimos a los demás y todos estuvieron de acuerdo, valientes y dispuestos a la experiencia de nuestras vidas, la que podía estar a punto de terminar.

Corría perdido sin alcanzar ningún punto conocido que me llevara a casa. Me detuve jadeando y con el corazón agitado. Miré hacia ambos lados sin poder ver nada. Hasta que hacia mi izquierda se encendieron unas luces a la distancia, probablemente lámparas a gas, como luciérnagas. Muy pequeñas y lejanas de quienes nos buscaban.

Pero apenas sentí alivio, ya que el ruido de los pasos del animal comenzaron a retumbar más fuerte, sacudiendo el piso cada vez más cerca de mí, cada vez más rápido. Corrí tan veloz como pude, pero no tardó en alcanzarme, arremetiéndome por la espalda y botándome de bruces sobre el suelo húmedo. Un terror como no he sentido nunca se apoderó de mí en ese instante, haciéndome llorar como un niño, haciendo que enterrara la cabeza en el lodo y me tapara los oídos con las manos embarradas.

El animal se paró cerca de mi cabeza, pudiendo sentir su respiración en mi cuello. Un escalofrío me recorrió la espalda cuando rodé sobre el césped y lo observé, viendo solo una difusa silueta en la oscuridad. Al sentir que acercaba su cabeza a mi cara, instintivamente la detuve con mis manos… y grité con todas mis fuerzas, al sentir inequívocamente una oreja y una nariz humanas.

domingo, 12 de agosto de 2007

Hold On To My Heart



Me pareció adecuado poner el video de esta canción si hice alusión a él en un relato. Me la imagino cantada por niños, aún mas conmovedora.

martes, 7 de agosto de 2007

La Última Estación

Héctor detiene el tren subterráneo, abre sus puertas para que bajen los pasajeros y sale de la cabina para tomar un poco de aire. Se voltea a ver como el flujo de gente saliendo de los vagones comienza a menguar hasta detenerse; ve a uno de los del personal de aseo que lo saluda a la distancia y lo responde asintiendo con la cabeza. Entra nuevamente en la cabina, cansado y con ganas de marcharse a su casa, pero cuando se dispone a cerrar las puertas ve a un hombre parado al fondo del andén vestido con un impermeable largo de gabardina y un sombrero de ala ancha, entero de negro. Héctor volvió a bajarse, pero al salir se dió cuenta que la estación estaba vacía, a excepción del extraño. El andén a sus espaldas estaba cubriendose de humo y la luz de los vagones anteriores comenzó a parpadear. Cuando volvió a mirar hacia adelante, el hombre de negro caminaba dando largas y lentas zancadas, sin mover las manos y con la cabeza inclinada. Cuando estuvo a unos cinco metros de él alzó su cabeza y bajo su sombrero Héctor en un comienzo pudo ver que sonreía, pero cuando se dió cuenta que eran solo dientes desprovistos de labios, que su barbilla no tenía piel y que su cara en si tampoco, retrocedió hasta tropezar y caer sentado sobre el frío suelo.
- "Qq... quien es ustt-ted?"
El hombre se paró frente a él y pudo ver que además una de sus cuencas estaba vacía y que los nervios del globo ocular le colgaban hacia afuera como tallos marchitos, junto con trozos de los párpados. Héctor logró reaccionar y rápidamente se introdujo en la cabina a gatas, respirando rápidamente y sudando frío en la frente y las sienes. Cuando se puso de pié para cerrar las puertas pudo ver que el hombre de negro se encontraba detrás de la puerta del vagón contiguo observándolo por la ventana. Se miraron durante unos segundos y de pronto creyó comprenderlo todo, ahora todo tenía sentido.
- "Si, no cabe duda. He logrado reconocerte a pesar de lo desfigurado que estás. Créeme que no pude detenerme. Espero me perdones" - dijo en voz baja, acercando su boca a la ventana y empañando el vidrio.
Y así Hector dió media vuelta y cerró las puertas de los vagones, temblando y al borde del colapso. Tiró de la palanca hasta que el metro comenzó a moverse pesadamente, pero cada vez mas rápido, hasta desaparecer más allá de la última estación.

jueves, 2 de agosto de 2007

Hija Mía

Entré desesperado y casi corriendo. No daba más de la angustia, tenía los ojos irritados y todavía sentía un nudo en la garganta. Había dejado atrás las puertas que daban a la calle y entré en un frío hall, con una pequeña sala de espera y una recepción. Tras el escritorio se encontraba sentada una mujer gorda de unos cincuenta años y pelo rojizo, que leía una revista de farándula y fumaba un cigarrillo. En los hospitales no se puede fumar, ya que el humo puede afectar la salud de los enfermos. Aquí no importaba: sus huéspedes la perdieron hace rato.
Uno nunca sabe como va a ser su día, te levantas en la mañana y piensas en ello, tratas de hacerte una idea. Pero luego las cosas se van sucediendo, ocurren simplemente y te vas sorprendiendo, sonríes, te alegras…o te despiertas a una realidad terrible, desgarradora y cruel.
Me acerqué rápidamente a la recepción, temblando de pies a cabeza y sin saber si podía hablar. La mujer estaba concentrada leyendo o decidida a ignorarme.
- “Discp… Disculpe”
- “… Si…”
- “Vengo a reconocer el cadáver de una niña. Creo que puede ser mi hija. La trajeron hace poco… fue atropellada”
- “Oh, si. Espere un momento. Tome asiento, por favor”.
Estaba demasiado alterado para sentarme. Encendí un cigarrillo, con las manos húmedas de sudor y observé el humo ascender por el aire hasta desvanecerse, al igual que mis esperanzas.
La mujer se había levantado de su asiento y había entrado en una sala a su izquierda. Los segundos parecían horas y los minutos no me dejaban en paz. Perdía la noción del tiempo a ratos, por ejemplo cuando me di cuenta que me quemaba los dedos con la colilla del cigarro. Quién sabe cuando lo terminé de fumar.
Atravesando la sala de espera y la recepción comenzaba un largo pasillo. A la derecha había otro, el cual formaba un ángulo recto con el anterior, más corto y que terminaba en una pared con una flecha señalando a la izquierda. Bajo la flecha decía “Cámaras de Frío”. Justo bajo el cartel había un cenicero y me dirigí hacia él.
Me sorprendía que el lugar estuviese tan desierto. El teléfono de la recepción no sonaba, tampoco escuchaba conversaciones y hasta el momento no veía gente en los pasillos. Lo único que oía era el sonido de mis pasos. Al menos al principio.
Las paredes de los pasillos estaban recubiertas de azulejos de color amarillo y presentaban algunas ventanas, todas con vidrios de color negro. Llegué al cenicero y boté la colilla de cigarro con unos cuantos papeles de mi bolsillo. Fue entonces que me percaté de un pequeño ruido, como de aire o un escape de gas, o un….
- Aagghhh!
Llegué a saltar del susto. Una puerta del pasillo atrás mío se abrió y de él salio un hombre casi cayéndose, de unos cuarenta años y ebrio hasta más no poder. Vestía de traje y corbata, obviamente bastante desarreglado. Tenía el pelo casi entero blanco y la cara descompuesta, como si tuviera jaqueca y jadeaba, de manera exasperante, lo cual no le permitía mas que balbucear e hilvanar unas cuantas palabras.
- “Casi me muero del susto hombre!”
- “Jajaja, eso es humor negro, sabe? Mire que venir a morirse a una morgue, jajaja. Oiga, tiene un cigarrillo?”
- “No debiera, realmente me asustó mucho, pero tome. Y que hace Ud. por aquí? Si se puede saber, por supuesto.”
- “Vine a acompañar a un amigo, pero”- miró a ambos lados – “ahora que lo dice, no lo veo por niuna parte, jejeje… Y Ud.?”
Fue como caer de mil metros de altura a un colchón de plumas gigante pero sin el colchón. El haberme asustado, luego enojado y después estar aguantándome la risa ante ese hombre de por sí cómico se esfumó y aterricé en mi sufrimiento. Desde donde estábamos podía ver la recepción y si la mujer gorda volvía con alguna novedad. Entonces me apoyé en la muralla y con una lágrima en mi mejilla empecé a hablar.
- “Vine a…mmm…mi hija no volvía a casa después del colegio. Me preocupé y comencé a llamar a todas sus compañeras, por si estaba en casa de alguna de ellas, pero me dijeron que la habían visto emprender el rumbo camino a casa. Me disponía a salir en el auto a dar una vuelta, por si la encontraba por ahí, cuando recibí una llamada diciendo que había sido atropellada. Dijeron que la llevaban a la clínica Paradise, pero cuando llegué allí un paramédico me dijo que apenas la ingresaron a la ambulancia, ella falleció y entonces la trajeron hasta acá.”
- “Y la mam…hip! Y la mamá?”
- “Su mamá murió al dar a luz”.
Llevábamos dos años de casados cuando ella quedó embarazada. A los pocos meses ella comenzó a sentir malestares, los cuales con el tiempo fueron empeorando. Cuando se acercaba el momento del alumbramiento, creo que ella presentía el fatal desenlace y se transformó en su único motivo para vivir. Debido a su delicado estado de salud, el día del parto llegó estando ella hospitalizada varias semanas antes y por eso también no pude estar presente y tuve que verlo a través de un ventanal. Habían más médicos que en un parto normal, ya que unos se ocuparían de la criatura y otros de estabilizar a la madre en caso de ser necesario. Recuerdo que ella estando recostada en la camilla giró su cabeza y me miró, con tristeza en sus ojos, como diciendo “No sé si podré hacerlo…”. Yo puse mi mano en el vidrio, cerré los ojos acercando mi cara y besé el frío cristal. Al abrir los ojos vi que sonreía, pero aún podía ver un poco de temor y angustia en sus ojos. Fue la última vez que nos miramos.
Comenzaron las labores de parto y ella levantaba su cabeza de la camilla, pujando, con una expresión de evidente dolor en el rostro. Una enfermera le secaba el sudor de la frente y le hablaba constantemente, mientras los demás médicos supervisaban los equipos y los que se encontraban a sus pies se preparaban para recibir al bebé. Todo parecía ir bien, por lo menos así fue por aproximadamente veinte minutos, pero de pronto se agravó. El dolor se le hizo insoportable y comenzó a gritar, con grandes y desgarradores alaridos. Agitaba sus brazos golpeándolos contra la camilla, levantándose de esta arqueando la espalda y moviendo las piernas. Pero cuando agarró del pelo a la enfermera de su cabecera, la cual comenzó a llorar de desesperación, los médicos perdieron su acostumbrada serenidad, esa que los hace estar en control y sintieron pavor. Uno a cada lado intentaban sujetar sus brazos mientras otros hacían lo propio con sus piernas. Yo corrí a la puerta, pero ésta estaba cerrada por dentro. Golpeaba y les gritaba que me dejasen entrar, pero dudo que me escucharan. Adentro el ruido era tremendo: estaban los gritos de mi mujer, los médicos dándose ordenes gritando entre ellos, los pasos histéricos y presurosos de un lado a otro, los instrumentos cayendo al suelo en un metálico estruendo y el monitor cardíaco retumbando en la habitación como el cabalgar de un potro salvaje. De pronto, de entre sus piernas comenzó a asomar la cabeza del bebé. Mi mujer seguía moviéndose frenéticamente, esta vez con convulsiones y botando espuma por la boca. Había perdido varias de las uñas de las manos, sostenía un mechón de cabello de la enfermera en la derecha, la cual lloraba y gritaba tratando de contenerla, y tenía los brazos y piernas con visibles hematomas por los golpes con la camilla y los médicos a su alrededor. El médico que se encontraba a sus pies sujetaba la cabeza del bebé tratando que no se golpeara con las piernas de la madre. A pesar del dolor ella nunca dejó de pujar y gracias a eso el bebé pudo salir del todo, pero en ese mismo momento, con parte de su cuerpo en el aire, mi mujer fue abandonada por la llama de la vida y cayó inerte sobre la camilla, con sus extremidades colgando a cada lado de esta. La habitación estuvo un par de segundos en silencio, el que se interrumpió por el llanto de mi hija. Los médicos y enfermeras se miraron unos a otros, incluso un par de ellos que estaban sentados en el suelo después de caer en medio de la batahola. Comenzaron a reanimarla pero todo fue inútil. Durante el parto sufrió una crisis de pánico y un agudo estado de shock, el cual terminó en un ataque cardiaco fulminante. Mi mujer no alcanzó a conocer a su hija, pero cuando me la mostraron, cuando salió una enfermera con ella de ese pabellón que parecía azotado por un terremoto, no pude hacer más que sorprenderme ya que era idéntica a su madre, como perpetuando su presencia en este mundo, mi mundo. Eso era mi hija hasta hoy.
- “No sabe cuanto lo siento, de verdad. No hay nada peor que perder un ser querido, sobretodo si es un hijo. Yo no sé que haría sin mi mujer, la amo más que a nada en este mundo.”
- “Gracias.”
En eso vi salir a la mujer gorda y llegar a la recepción. Miraba hacia todos lados buscándome y al no encontrarme tomó asiento nuevamente en su escritorio.
- “Debo ir a hablar con la mujer de la recepción. Está Ud. Bien?”
- “Si, no se preocupe, aunque con una aspirina estaría mejor. Vaya y que Dios lo acompañe”
- “Gracias. Vuelvo en un momento.”
Me acerqué a la recepción. La mujer escuchó mis pasos y se puso de pie.
- “Ah, aquí está. Mire, en este momento están terminando de hacerle unas fotos al cuerpo para el archivo y la prepararán para que la pueda retirar. También traerán la ficha, la cual llenaremos con sus datos y los de su hija. Espero pueda esperar unos minutos”.
- “Si, está bien, me siento un poco mejor”.
Miré hacia la salita de espera pensando en que sería bueno descansar un rato, pero me decidí a volver donde estaba el hombre ebrio. Me dirigía de vuelta al pasillo cuando de repente se escuchó un gran estruendo y unas luces me iluminaron. Se abrió la puerta de entrada y entre las luces de la ambulancia podía ver unas siluetas que se aproximaban rápidamente hacia mi.
- “Muévase hombre”
- “Cuidado, quítese”
Me hice a un lado. Era un grupo de hombres de blanco que ingresaron con dos camillas, en las cuales venían dos cuerpos cubiertos con sábanas blancas. Se detuvieron ante la recepción y hablaron con la mujer gorda, ésta hizo una llamada telefónica y siguió leyendo su revista. Un momento después apareció un hombre de bata blanca, pero que además llevaba guantes de goma y una mascarilla en la boca. Se la bajó hasta el cuello y comenzaron a hablar. Me acerqué para poder escuchar.
- “… nde los encontraron?”
- “Ambos iban en una camioneta que se estrelló a exceso de velocidad contra una barrera de contención en la carretera noventa y seis y que posteriormente volcó. Estaban en evidente estado de ebriedad, como lo evidencia su olor corporal. Este es el que iba conduciendo, murió instantáneamente, según se puede ver a simple vista…”
Descubrió la sábana sobre su cara y me sobresalté inmediatamente. El rostro de ese pobre hombre estaba destrozado: tenía magulladuras y moretones en la frente y los pómulos, tenía un ojo reventado y casi salido mientras el otro estaba completamente cubierto por un párpado morado y totalmente hinchado. La nariz estaba lacerada, desviada hacia un costado y dejaba a la vista una de las fosas nasales, hueso y cartílago. La boca estaba entre abierta mostrando la pérdida de varias piezas dentales, una lengua grisácea y tenía abundante sangre seca bajando desde las comisuras de la boca hasta el cuello.
- “Mmm, ya veo”- dijo cubriendo el cadáver – “Muéstrenme al otro”.
Sentí terror como nunca en mi vida, un frío recorriendo mi espalda dejándome petrificado, sintiendo mi corazón acelerarse en trepidantes pulsaciones, contemplando boquiabierto el rostro del occiso. Estaba vestido de traje y corbata, el pelo canoso y despeinado, de unos cuarenta años. Tenía un gran agujero en la cabeza a la altura de la sien derecha y su cabeza estaba inclinada hacia su hombro izquierdo por una fractura cervical. Pero era inconfundiblemente el hombre con quien estuve conversando en el pasillo. Sentía como si estuviera congelado y con el corazón apunto de explotar.
- “No!, no puede ser!”- grité en voz alta con voz temblorosa y retrocediendo.
- “¿Quién es este hombre? Sáquenlo de aquí de inmediato”
- “No, es imposible, no…”
Temblaba de pies a cabeza, con una expresión de pánico en el rostro. Me giré hacia el pasillo y ahí pude verlo, con las manos extendidas hacia mí y con una insana mueca en el rostro, riendo y con los ojos blancos. No podía ser, volví a mirar con detención pero no había nadie, el hombre muerto había desaparecido. Sentía que me estaba volviendo loco. Dos de los hombres de blanco me sujetaron de los brazos, forcejeaba con ellos y gritaba de miedo, pero pronto comencé a perder fuerzas, a escuchar todo de lejos y a ver borroso hasta que me desmayé. Corrí un gran riesgo al desvanecerme en una morgue y ahora que lo pienso me da escalofríos: despertar en una camilla rodeado de muertos, decenas de cadáveres cubiertos con sábanas blancas a mi alrededor, con los pies descubiertos de un color blanco mortecino y una etiqueta atada al dedo pulgar.
No sé cuanto tiempo transcurrió, pero menos mal que eso no sucedió y desperté en una sala un tanto abandonada, como de depósito de cosas descompuestas o en desuso: una fregadora de pisos, unas cuantas sillas con por lo menos una parte rota, un escritorio metálico corroído, un ropero inclinado, escobas, baldes, bidones y la camilla en la que me encontraba, la cual aparte de rechinar mucho no parecía tener nada malo. Luego sabría que los que trabajaban allí le inventaron un desperfecto para que fuera dada de baja y así usarla para dormir en los turnos de noche.
Miraba el cielo de la habitación intentando recuperarme cuando me sentí observado. Mi corazón comenzó a acelerarse y sentía cada vez mas un frío en el cuerpo, empezando nuevamente a temblar. A mis pies vi unos ojos grandes y una cara un poco pálida. Había pasado demasiados sobresaltos esa noche, pero no esta vez. De pronto lo único que quería era llorar sin parar.
- “Paulina, hija mía”- dije con lágrimas corriendo por mi cara.
- “Papito lindo, vine a despedirme. Te quiero.”
- “Ven” – dije estirando mis brazos, corriendo la sábana que me cubría y sentándome en la cama. – “Te voy a echar tanto de menos”.
Me agaché para abrazarla, la levanté en mis brazos y la senté en mi rodilla.
- “No papito, no estés triste, yo voy a estar siempre contigo y esperándote junto a la mamá. Cuando me vio dijo que yo era la niña más bonita que ha visto y más de lo que siempre imaginó, pero ella es preciosa, es la mamá más linda del mundo”
- “La has visto?”
- “Si. Le digo que venga?”
- “Si claro.” – dije sonriendo.
- “Mami?”
En eso todo alrededor comenzó a oscurecer, lentamente, como si apagaran la luz, hasta quedar todo negro, pero luego empezó a aclararse de nuevo iluminando una gran pradera, con un lago y grandes montañas de fondo. A lo lejos apareció una silueta vestida en un vestido blanco y larga cabellera rubia al viento. Una vez frente a nosotros sonrió y nos abrazamos. Estaba mas bella que nunca.
- “Como estás amor?” – dijo con voz suave y dándome un beso en los labios.
- “Bien. No sabes cuanto te he extrañado. Me has hecho tanta falta.”
- “A mí también, pero así son las cosas. Fuiste un buen padre para ella. Ahora debemos irnos, pero no te sientas mal. Estamos muy bien aquí y te esperaremos con ansias. Despídete del papá Pauli”
- “Chao papi, te quiero” – dijo colgándose de mi cuello y besándome en la mejilla.
- “Chao hijita, te amo mucho” – le dije sonriendo pero volviendo a llorar.
De pronto a sus espaldas empezó a acercarse mucha gente, siluetas que no podía distinguir pero que luego empezaron a dilucidarse. Entre ellas veía algunas caras conocidas, viejos vecinos o lejanos parientes. Pero de entre ellos aparecieron dos hombres abrazados, como lo hacen los borrachos, pero ciertamente ya no lo estaban. Eran el hombre canoso con el que hablé en el pasillo de la morgue y su amigo. Ya no tenían heridas del accidente y ambos sonreían de felicidad.
- “Nunca me dijiste tu nombre” – dije.
- “Miguel, mi nombre es Miguel” – dijo el hombre canoso del pasillo – “Si ves a mi mujer recordarás que decirle?”
- “No te preocupes amigo, se lo diré si tengo la oportunidad”
- “Gracias. Esa es tu hija? Es preciosa”
- “Es igual a su madre”
Con mi hija aún en brazos me volví hacia mi esposa para despedirme. Nos tomamos de la mano y nos besamos. Puso mi mano en su espalda y la suya en mi cara. Así estuvimos un momento hasta que sus labios se separaron de los míos y sus ojos se abrieron para mirarme por última vez.
- “Cuídate mucho mi amor. Te amo, estaré esperándote”
- “Adiós. Las amo y espero verlas nuevamente. Un beso”
Terminadas esas palabras empezó a oscurecerse todo a mi alrededor nuevamente, las montañas, los prados y las personas a sus espaldas, las cuales movían sus manos despidiéndome. Ellas también se ensombrecieron, desvaneciéndose entre mis brazos, convirtiéndose en una cálida brisa. Y alcanzada la penumbra, apareció la vieja pieza abandonada donde desperté. Me sequé las lágrimas, me arreglé un poco y salí.
Caminé por el pasillo y llegué a la salita de espera donde estaba una mujer sentada llorando. Vestía un falda de lino, una blusa de hilo y un abrigo corto de piel. Tenía un rosario en las manos y lloraba en silencio, con rápidas sacudidas y sollozos. Después de mi fantástica historia me sentía mucho más calmado y entendía perfectamente como se sentía. Me senté a su lado pensando que quizás hubiera algo que pudiera decirle para hacerla sentir mejor.
- “Sé como te sientes. Acabo de perder a mi hija y estaba igual que tu, pero créeme, ellos están mejor donde están”.
- “Si, lo sé” – dijo levantando su cara y mirándome – “Lo que me duele es la circunstancia, el que no me haya hecho caso nunca. Mi marido… era tan porfiado y bueno para el trago. Salía siempre después del trabajo con su compadre a tomarse unas cervezas, pero esta vez andaban en su camioneta y se estrellaron en la carretera, por lo que me contaron las personas aquí. Entonces siento que no pensó en mí, en que me dejó sola por el alcohol. Quizás no signifiqué nada para el”
- “Por casualidad se llamaba Miguel, unos cuarenta años, pelo cano…?”
- “Como lo sabes?” – dijo levantando su cara y mirándome sorprendida.
- “No puedo decírtelo. Lo que si te puedo decir es que hablé con el y me dijo que no sabía que hacer sin ti y que te amaba mas que a nada en el mundo.”
Me miró largamente. Era increíble, era una locura, pero vi que me creía y lo aceptaba, porque mis ojos no le mentían. Sus lágrimas se detuvieron y se tranquilizó.
- “Gracias” – dijo, consolada.
- “Si, así son las cosas”
Tomé su mano y el rosario y ella lo correspondió apretando la mía y apoyando su cabeza en mi hombro. Nos tocó quedarnos en este mundo para seguir luchando y tenemos que apoyarnos, sabedores de que aún no somos dignos del gran premio. No te imaginas cuan cerca nuestro la gente muere todos los días, a cada segundo. Einstein dijo que Dios no juega a los dados; yo te puedo decir que la muerte es siempre el empleado del mes.
Me quedé dormido junto a esa mujer esa noche y finalmente mi hermano se encargó del trámite de retirar el cuerpo de la Pauli. Mi cuñada la vistió y yo ni siquiera tuve el coraje para verla, preferí quedarme con el recuerdo de ella llena de vida junto a su madre. Fue una ceremonia muy íntima junto a familiares y amigos. El momento más emotivo fue cuando sus compañeros y amigos junto al coro del colegio cantaron “Hold on to my heart” de WASP. De la mujer no volví a saber nunca y espero que se encuentre bien donde quiera que esté. Yo debo decir que muchas veces me siento solo, pero pienso en que la vida es tan corta y hay tanto para hacer, tanta gente que conocer. Hay días que me levanto temprano en las mañanas y voy al parque a ver como los niños juegan al fútbol o como las parejas tallan un corazón y sus iniciales en un árbol. Otras veces, después de ver el noticiario parto al bar más cercano a tomarme un trago, me siento en la barra o en la mesa del fondo y conozco gente. Aunque debo admitir que me gusta más encontrarme con conocidos. A veces cuando estoy viendo la pichanga, veo a la Pauli correr detrás de los niños intentando robarles el balón o escondiéndose detrás del árbol donde se besan los enamorados. Y también voy de vez en cuando a tomarme una cerveza con la Carola al bar, en la mesa del fondo, los dos solos.