domingo, 12 de agosto de 2007
Hold On To My Heart
Me pareció adecuado poner el video de esta canción si hice alusión a él en un relato. Me la imagino cantada por niños, aún mas conmovedora.
martes, 7 de agosto de 2007
La Última Estación
Héctor detiene el tren subterráneo, abre sus puertas para que bajen los pasajeros y sale de la cabina para tomar un poco de aire. Se voltea a ver como el flujo de gente saliendo de los vagones comienza a menguar hasta detenerse; ve a uno de los del personal de aseo que lo saluda a la distancia y lo responde asintiendo con la cabeza. Entra nuevamente en la cabina, cansado y con ganas de marcharse a su casa, pero cuando se dispone a cerrar las puertas ve a un hombre parado al fondo del andén vestido con un impermeable largo de gabardina y un sombrero de ala ancha, entero de negro. Héctor volvió a bajarse, pero al salir se dió cuenta que la estación estaba vacía, a excepción del extraño. El andén a sus espaldas estaba cubriendose de humo y la luz de los vagones anteriores comenzó a parpadear. Cuando volvió a mirar hacia adelante, el hombre de negro caminaba dando largas y lentas zancadas, sin mover las manos y con la cabeza inclinada. Cuando estuvo a unos cinco metros de él alzó su cabeza y bajo su sombrero Héctor en un comienzo pudo ver que sonreía, pero cuando se dió cuenta que eran solo dientes desprovistos de labios, que su barbilla no tenía piel y que su cara en si tampoco, retrocedió hasta tropezar y caer sentado sobre el frío suelo.
- "Qq... quien es ustt-ted?"
El hombre se paró frente a él y pudo ver que además una de sus cuencas estaba vacía y que los nervios del globo ocular le colgaban hacia afuera como tallos marchitos, junto con trozos de los párpados. Héctor logró reaccionar y rápidamente se introdujo en la cabina a gatas, respirando rápidamente y sudando frío en la frente y las sienes. Cuando se puso de pié para cerrar las puertas pudo ver que el hombre de negro se encontraba detrás de la puerta del vagón contiguo observándolo por la ventana. Se miraron durante unos segundos y de pronto creyó comprenderlo todo, ahora todo tenía sentido.
- "Si, no cabe duda. He logrado reconocerte a pesar de lo desfigurado que estás. Créeme que no pude detenerme. Espero me perdones" - dijo en voz baja, acercando su boca a la ventana y empañando el vidrio.
Y así Hector dió media vuelta y cerró las puertas de los vagones, temblando y al borde del colapso. Tiró de la palanca hasta que el metro comenzó a moverse pesadamente, pero cada vez mas rápido, hasta desaparecer más allá de la última estación.
- "Qq... quien es ustt-ted?"
El hombre se paró frente a él y pudo ver que además una de sus cuencas estaba vacía y que los nervios del globo ocular le colgaban hacia afuera como tallos marchitos, junto con trozos de los párpados. Héctor logró reaccionar y rápidamente se introdujo en la cabina a gatas, respirando rápidamente y sudando frío en la frente y las sienes. Cuando se puso de pié para cerrar las puertas pudo ver que el hombre de negro se encontraba detrás de la puerta del vagón contiguo observándolo por la ventana. Se miraron durante unos segundos y de pronto creyó comprenderlo todo, ahora todo tenía sentido.
- "Si, no cabe duda. He logrado reconocerte a pesar de lo desfigurado que estás. Créeme que no pude detenerme. Espero me perdones" - dijo en voz baja, acercando su boca a la ventana y empañando el vidrio.
Y así Hector dió media vuelta y cerró las puertas de los vagones, temblando y al borde del colapso. Tiró de la palanca hasta que el metro comenzó a moverse pesadamente, pero cada vez mas rápido, hasta desaparecer más allá de la última estación.
jueves, 2 de agosto de 2007
Hija Mía
Entré desesperado y casi corriendo. No daba más de la angustia, tenía los ojos irritados y todavía sentía un nudo en la garganta. Había dejado atrás las puertas que daban a la calle y entré en un frío hall, con una pequeña sala de espera y una recepción. Tras el escritorio se encontraba sentada una mujer gorda de unos cincuenta años y pelo rojizo, que leía una revista de farándula y fumaba un cigarrillo. En los hospitales no se puede fumar, ya que el humo puede afectar la salud de los enfermos. Aquí no importaba: sus huéspedes la perdieron hace rato.
Uno nunca sabe como va a ser su día, te levantas en la mañana y piensas en ello, tratas de hacerte una idea. Pero luego las cosas se van sucediendo, ocurren simplemente y te vas sorprendiendo, sonríes, te alegras…o te despiertas a una realidad terrible, desgarradora y cruel.
Me acerqué rápidamente a la recepción, temblando de pies a cabeza y sin saber si podía hablar. La mujer estaba concentrada leyendo o decidida a ignorarme.
- “Discp… Disculpe”
- “… Si…”
- “Vengo a reconocer el cadáver de una niña. Creo que puede ser mi hija. La trajeron hace poco… fue atropellada”
- “Oh, si. Espere un momento. Tome asiento, por favor”.
Estaba demasiado alterado para sentarme. Encendí un cigarrillo, con las manos húmedas de sudor y observé el humo ascender por el aire hasta desvanecerse, al igual que mis esperanzas.
La mujer se había levantado de su asiento y había entrado en una sala a su izquierda. Los segundos parecían horas y los minutos no me dejaban en paz. Perdía la noción del tiempo a ratos, por ejemplo cuando me di cuenta que me quemaba los dedos con la colilla del cigarro. Quién sabe cuando lo terminé de fumar.
Atravesando la sala de espera y la recepción comenzaba un largo pasillo. A la derecha había otro, el cual formaba un ángulo recto con el anterior, más corto y que terminaba en una pared con una flecha señalando a la izquierda. Bajo la flecha decía “Cámaras de Frío”. Justo bajo el cartel había un cenicero y me dirigí hacia él.
Me sorprendía que el lugar estuviese tan desierto. El teléfono de la recepción no sonaba, tampoco escuchaba conversaciones y hasta el momento no veía gente en los pasillos. Lo único que oía era el sonido de mis pasos. Al menos al principio.
Las paredes de los pasillos estaban recubiertas de azulejos de color amarillo y presentaban algunas ventanas, todas con vidrios de color negro. Llegué al cenicero y boté la colilla de cigarro con unos cuantos papeles de mi bolsillo. Fue entonces que me percaté de un pequeño ruido, como de aire o un escape de gas, o un….
- Aagghhh!
Llegué a saltar del susto. Una puerta del pasillo atrás mío se abrió y de él salio un hombre casi cayéndose, de unos cuarenta años y ebrio hasta más no poder. Vestía de traje y corbata, obviamente bastante desarreglado. Tenía el pelo casi entero blanco y la cara descompuesta, como si tuviera jaqueca y jadeaba, de manera exasperante, lo cual no le permitía mas que balbucear e hilvanar unas cuantas palabras.
- “Casi me muero del susto hombre!”
- “Jajaja, eso es humor negro, sabe? Mire que venir a morirse a una morgue, jajaja. Oiga, tiene un cigarrillo?”
- “No debiera, realmente me asustó mucho, pero tome. Y que hace Ud. por aquí? Si se puede saber, por supuesto.”
- “Vine a acompañar a un amigo, pero”- miró a ambos lados – “ahora que lo dice, no lo veo por niuna parte, jejeje… Y Ud.?”
Fue como caer de mil metros de altura a un colchón de plumas gigante pero sin el colchón. El haberme asustado, luego enojado y después estar aguantándome la risa ante ese hombre de por sí cómico se esfumó y aterricé en mi sufrimiento. Desde donde estábamos podía ver la recepción y si la mujer gorda volvía con alguna novedad. Entonces me apoyé en la muralla y con una lágrima en mi mejilla empecé a hablar.
- “Vine a…mmm…mi hija no volvía a casa después del colegio. Me preocupé y comencé a llamar a todas sus compañeras, por si estaba en casa de alguna de ellas, pero me dijeron que la habían visto emprender el rumbo camino a casa. Me disponía a salir en el auto a dar una vuelta, por si la encontraba por ahí, cuando recibí una llamada diciendo que había sido atropellada. Dijeron que la llevaban a la clínica Paradise, pero cuando llegué allí un paramédico me dijo que apenas la ingresaron a la ambulancia, ella falleció y entonces la trajeron hasta acá.”
- “Y la mam…hip! Y la mamá?”
- “Su mamá murió al dar a luz”.
Llevábamos dos años de casados cuando ella quedó embarazada. A los pocos meses ella comenzó a sentir malestares, los cuales con el tiempo fueron empeorando. Cuando se acercaba el momento del alumbramiento, creo que ella presentía el fatal desenlace y se transformó en su único motivo para vivir. Debido a su delicado estado de salud, el día del parto llegó estando ella hospitalizada varias semanas antes y por eso también no pude estar presente y tuve que verlo a través de un ventanal. Habían más médicos que en un parto normal, ya que unos se ocuparían de la criatura y otros de estabilizar a la madre en caso de ser necesario. Recuerdo que ella estando recostada en la camilla giró su cabeza y me miró, con tristeza en sus ojos, como diciendo “No sé si podré hacerlo…”. Yo puse mi mano en el vidrio, cerré los ojos acercando mi cara y besé el frío cristal. Al abrir los ojos vi que sonreía, pero aún podía ver un poco de temor y angustia en sus ojos. Fue la última vez que nos miramos.
Comenzaron las labores de parto y ella levantaba su cabeza de la camilla, pujando, con una expresión de evidente dolor en el rostro. Una enfermera le secaba el sudor de la frente y le hablaba constantemente, mientras los demás médicos supervisaban los equipos y los que se encontraban a sus pies se preparaban para recibir al bebé. Todo parecía ir bien, por lo menos así fue por aproximadamente veinte minutos, pero de pronto se agravó. El dolor se le hizo insoportable y comenzó a gritar, con grandes y desgarradores alaridos. Agitaba sus brazos golpeándolos contra la camilla, levantándose de esta arqueando la espalda y moviendo las piernas. Pero cuando agarró del pelo a la enfermera de su cabecera, la cual comenzó a llorar de desesperación, los médicos perdieron su acostumbrada serenidad, esa que los hace estar en control y sintieron pavor. Uno a cada lado intentaban sujetar sus brazos mientras otros hacían lo propio con sus piernas. Yo corrí a la puerta, pero ésta estaba cerrada por dentro. Golpeaba y les gritaba que me dejasen entrar, pero dudo que me escucharan. Adentro el ruido era tremendo: estaban los gritos de mi mujer, los médicos dándose ordenes gritando entre ellos, los pasos histéricos y presurosos de un lado a otro, los instrumentos cayendo al suelo en un metálico estruendo y el monitor cardíaco retumbando en la habitación como el cabalgar de un potro salvaje. De pronto, de entre sus piernas comenzó a asomar la cabeza del bebé. Mi mujer seguía moviéndose frenéticamente, esta vez con convulsiones y botando espuma por la boca. Había perdido varias de las uñas de las manos, sostenía un mechón de cabello de la enfermera en la derecha, la cual lloraba y gritaba tratando de contenerla, y tenía los brazos y piernas con visibles hematomas por los golpes con la camilla y los médicos a su alrededor. El médico que se encontraba a sus pies sujetaba la cabeza del bebé tratando que no se golpeara con las piernas de la madre. A pesar del dolor ella nunca dejó de pujar y gracias a eso el bebé pudo salir del todo, pero en ese mismo momento, con parte de su cuerpo en el aire, mi mujer fue abandonada por la llama de la vida y cayó inerte sobre la camilla, con sus extremidades colgando a cada lado de esta. La habitación estuvo un par de segundos en silencio, el que se interrumpió por el llanto de mi hija. Los médicos y enfermeras se miraron unos a otros, incluso un par de ellos que estaban sentados en el suelo después de caer en medio de la batahola. Comenzaron a reanimarla pero todo fue inútil. Durante el parto sufrió una crisis de pánico y un agudo estado de shock, el cual terminó en un ataque cardiaco fulminante. Mi mujer no alcanzó a conocer a su hija, pero cuando me la mostraron, cuando salió una enfermera con ella de ese pabellón que parecía azotado por un terremoto, no pude hacer más que sorprenderme ya que era idéntica a su madre, como perpetuando su presencia en este mundo, mi mundo. Eso era mi hija hasta hoy.
- “No sabe cuanto lo siento, de verdad. No hay nada peor que perder un ser querido, sobretodo si es un hijo. Yo no sé que haría sin mi mujer, la amo más que a nada en este mundo.”
- “Gracias.”
En eso vi salir a la mujer gorda y llegar a la recepción. Miraba hacia todos lados buscándome y al no encontrarme tomó asiento nuevamente en su escritorio.
- “Debo ir a hablar con la mujer de la recepción. Está Ud. Bien?”
- “Si, no se preocupe, aunque con una aspirina estaría mejor. Vaya y que Dios lo acompañe”
- “Gracias. Vuelvo en un momento.”
Me acerqué a la recepción. La mujer escuchó mis pasos y se puso de pie.
- “Ah, aquí está. Mire, en este momento están terminando de hacerle unas fotos al cuerpo para el archivo y la prepararán para que la pueda retirar. También traerán la ficha, la cual llenaremos con sus datos y los de su hija. Espero pueda esperar unos minutos”.
- “Si, está bien, me siento un poco mejor”.
Miré hacia la salita de espera pensando en que sería bueno descansar un rato, pero me decidí a volver donde estaba el hombre ebrio. Me dirigía de vuelta al pasillo cuando de repente se escuchó un gran estruendo y unas luces me iluminaron. Se abrió la puerta de entrada y entre las luces de la ambulancia podía ver unas siluetas que se aproximaban rápidamente hacia mi.
- “Muévase hombre”
- “Cuidado, quítese”
Me hice a un lado. Era un grupo de hombres de blanco que ingresaron con dos camillas, en las cuales venían dos cuerpos cubiertos con sábanas blancas. Se detuvieron ante la recepción y hablaron con la mujer gorda, ésta hizo una llamada telefónica y siguió leyendo su revista. Un momento después apareció un hombre de bata blanca, pero que además llevaba guantes de goma y una mascarilla en la boca. Se la bajó hasta el cuello y comenzaron a hablar. Me acerqué para poder escuchar.
- “… nde los encontraron?”
- “Ambos iban en una camioneta que se estrelló a exceso de velocidad contra una barrera de contención en la carretera noventa y seis y que posteriormente volcó. Estaban en evidente estado de ebriedad, como lo evidencia su olor corporal. Este es el que iba conduciendo, murió instantáneamente, según se puede ver a simple vista…”
Descubrió la sábana sobre su cara y me sobresalté inmediatamente. El rostro de ese pobre hombre estaba destrozado: tenía magulladuras y moretones en la frente y los pómulos, tenía un ojo reventado y casi salido mientras el otro estaba completamente cubierto por un párpado morado y totalmente hinchado. La nariz estaba lacerada, desviada hacia un costado y dejaba a la vista una de las fosas nasales, hueso y cartílago. La boca estaba entre abierta mostrando la pérdida de varias piezas dentales, una lengua grisácea y tenía abundante sangre seca bajando desde las comisuras de la boca hasta el cuello.
- “Mmm, ya veo”- dijo cubriendo el cadáver – “Muéstrenme al otro”.
Sentí terror como nunca en mi vida, un frío recorriendo mi espalda dejándome petrificado, sintiendo mi corazón acelerarse en trepidantes pulsaciones, contemplando boquiabierto el rostro del occiso. Estaba vestido de traje y corbata, el pelo canoso y despeinado, de unos cuarenta años. Tenía un gran agujero en la cabeza a la altura de la sien derecha y su cabeza estaba inclinada hacia su hombro izquierdo por una fractura cervical. Pero era inconfundiblemente el hombre con quien estuve conversando en el pasillo. Sentía como si estuviera congelado y con el corazón apunto de explotar.
- “No!, no puede ser!”- grité en voz alta con voz temblorosa y retrocediendo.
- “¿Quién es este hombre? Sáquenlo de aquí de inmediato”
- “No, es imposible, no…”
Temblaba de pies a cabeza, con una expresión de pánico en el rostro. Me giré hacia el pasillo y ahí pude verlo, con las manos extendidas hacia mí y con una insana mueca en el rostro, riendo y con los ojos blancos. No podía ser, volví a mirar con detención pero no había nadie, el hombre muerto había desaparecido. Sentía que me estaba volviendo loco. Dos de los hombres de blanco me sujetaron de los brazos, forcejeaba con ellos y gritaba de miedo, pero pronto comencé a perder fuerzas, a escuchar todo de lejos y a ver borroso hasta que me desmayé. Corrí un gran riesgo al desvanecerme en una morgue y ahora que lo pienso me da escalofríos: despertar en una camilla rodeado de muertos, decenas de cadáveres cubiertos con sábanas blancas a mi alrededor, con los pies descubiertos de un color blanco mortecino y una etiqueta atada al dedo pulgar.
No sé cuanto tiempo transcurrió, pero menos mal que eso no sucedió y desperté en una sala un tanto abandonada, como de depósito de cosas descompuestas o en desuso: una fregadora de pisos, unas cuantas sillas con por lo menos una parte rota, un escritorio metálico corroído, un ropero inclinado, escobas, baldes, bidones y la camilla en la que me encontraba, la cual aparte de rechinar mucho no parecía tener nada malo. Luego sabría que los que trabajaban allí le inventaron un desperfecto para que fuera dada de baja y así usarla para dormir en los turnos de noche.
Miraba el cielo de la habitación intentando recuperarme cuando me sentí observado. Mi corazón comenzó a acelerarse y sentía cada vez mas un frío en el cuerpo, empezando nuevamente a temblar. A mis pies vi unos ojos grandes y una cara un poco pálida. Había pasado demasiados sobresaltos esa noche, pero no esta vez. De pronto lo único que quería era llorar sin parar.
- “Paulina, hija mía”- dije con lágrimas corriendo por mi cara.
- “Papito lindo, vine a despedirme. Te quiero.”
- “Ven” – dije estirando mis brazos, corriendo la sábana que me cubría y sentándome en la cama. – “Te voy a echar tanto de menos”.
Me agaché para abrazarla, la levanté en mis brazos y la senté en mi rodilla.
- “No papito, no estés triste, yo voy a estar siempre contigo y esperándote junto a la mamá. Cuando me vio dijo que yo era la niña más bonita que ha visto y más de lo que siempre imaginó, pero ella es preciosa, es la mamá más linda del mundo”
- “La has visto?”
- “Si. Le digo que venga?”
- “Si claro.” – dije sonriendo.
- “Mami?”
En eso todo alrededor comenzó a oscurecer, lentamente, como si apagaran la luz, hasta quedar todo negro, pero luego empezó a aclararse de nuevo iluminando una gran pradera, con un lago y grandes montañas de fondo. A lo lejos apareció una silueta vestida en un vestido blanco y larga cabellera rubia al viento. Una vez frente a nosotros sonrió y nos abrazamos. Estaba mas bella que nunca.
- “Como estás amor?” – dijo con voz suave y dándome un beso en los labios.
- “Bien. No sabes cuanto te he extrañado. Me has hecho tanta falta.”
- “A mí también, pero así son las cosas. Fuiste un buen padre para ella. Ahora debemos irnos, pero no te sientas mal. Estamos muy bien aquí y te esperaremos con ansias. Despídete del papá Pauli”
- “Chao papi, te quiero” – dijo colgándose de mi cuello y besándome en la mejilla.
- “Chao hijita, te amo mucho” – le dije sonriendo pero volviendo a llorar.
De pronto a sus espaldas empezó a acercarse mucha gente, siluetas que no podía distinguir pero que luego empezaron a dilucidarse. Entre ellas veía algunas caras conocidas, viejos vecinos o lejanos parientes. Pero de entre ellos aparecieron dos hombres abrazados, como lo hacen los borrachos, pero ciertamente ya no lo estaban. Eran el hombre canoso con el que hablé en el pasillo de la morgue y su amigo. Ya no tenían heridas del accidente y ambos sonreían de felicidad.
- “Nunca me dijiste tu nombre” – dije.
- “Miguel, mi nombre es Miguel” – dijo el hombre canoso del pasillo – “Si ves a mi mujer recordarás que decirle?”
- “No te preocupes amigo, se lo diré si tengo la oportunidad”
- “Gracias. Esa es tu hija? Es preciosa”
- “Es igual a su madre”
Con mi hija aún en brazos me volví hacia mi esposa para despedirme. Nos tomamos de la mano y nos besamos. Puso mi mano en su espalda y la suya en mi cara. Así estuvimos un momento hasta que sus labios se separaron de los míos y sus ojos se abrieron para mirarme por última vez.
- “Cuídate mucho mi amor. Te amo, estaré esperándote”
- “Adiós. Las amo y espero verlas nuevamente. Un beso”
Terminadas esas palabras empezó a oscurecerse todo a mi alrededor nuevamente, las montañas, los prados y las personas a sus espaldas, las cuales movían sus manos despidiéndome. Ellas también se ensombrecieron, desvaneciéndose entre mis brazos, convirtiéndose en una cálida brisa. Y alcanzada la penumbra, apareció la vieja pieza abandonada donde desperté. Me sequé las lágrimas, me arreglé un poco y salí.
Caminé por el pasillo y llegué a la salita de espera donde estaba una mujer sentada llorando. Vestía un falda de lino, una blusa de hilo y un abrigo corto de piel. Tenía un rosario en las manos y lloraba en silencio, con rápidas sacudidas y sollozos. Después de mi fantástica historia me sentía mucho más calmado y entendía perfectamente como se sentía. Me senté a su lado pensando que quizás hubiera algo que pudiera decirle para hacerla sentir mejor.
- “Sé como te sientes. Acabo de perder a mi hija y estaba igual que tu, pero créeme, ellos están mejor donde están”.
- “Si, lo sé” – dijo levantando su cara y mirándome – “Lo que me duele es la circunstancia, el que no me haya hecho caso nunca. Mi marido… era tan porfiado y bueno para el trago. Salía siempre después del trabajo con su compadre a tomarse unas cervezas, pero esta vez andaban en su camioneta y se estrellaron en la carretera, por lo que me contaron las personas aquí. Entonces siento que no pensó en mí, en que me dejó sola por el alcohol. Quizás no signifiqué nada para el”
- “Por casualidad se llamaba Miguel, unos cuarenta años, pelo cano…?”
- “Como lo sabes?” – dijo levantando su cara y mirándome sorprendida.
- “No puedo decírtelo. Lo que si te puedo decir es que hablé con el y me dijo que no sabía que hacer sin ti y que te amaba mas que a nada en el mundo.”
Me miró largamente. Era increíble, era una locura, pero vi que me creía y lo aceptaba, porque mis ojos no le mentían. Sus lágrimas se detuvieron y se tranquilizó.
- “Gracias” – dijo, consolada.
- “Si, así son las cosas”
Tomé su mano y el rosario y ella lo correspondió apretando la mía y apoyando su cabeza en mi hombro. Nos tocó quedarnos en este mundo para seguir luchando y tenemos que apoyarnos, sabedores de que aún no somos dignos del gran premio. No te imaginas cuan cerca nuestro la gente muere todos los días, a cada segundo. Einstein dijo que Dios no juega a los dados; yo te puedo decir que la muerte es siempre el empleado del mes.
Me quedé dormido junto a esa mujer esa noche y finalmente mi hermano se encargó del trámite de retirar el cuerpo de la Pauli. Mi cuñada la vistió y yo ni siquiera tuve el coraje para verla, preferí quedarme con el recuerdo de ella llena de vida junto a su madre. Fue una ceremonia muy íntima junto a familiares y amigos. El momento más emotivo fue cuando sus compañeros y amigos junto al coro del colegio cantaron “Hold on to my heart” de WASP. De la mujer no volví a saber nunca y espero que se encuentre bien donde quiera que esté. Yo debo decir que muchas veces me siento solo, pero pienso en que la vida es tan corta y hay tanto para hacer, tanta gente que conocer. Hay días que me levanto temprano en las mañanas y voy al parque a ver como los niños juegan al fútbol o como las parejas tallan un corazón y sus iniciales en un árbol. Otras veces, después de ver el noticiario parto al bar más cercano a tomarme un trago, me siento en la barra o en la mesa del fondo y conozco gente. Aunque debo admitir que me gusta más encontrarme con conocidos. A veces cuando estoy viendo la pichanga, veo a la Pauli correr detrás de los niños intentando robarles el balón o escondiéndose detrás del árbol donde se besan los enamorados. Y también voy de vez en cuando a tomarme una cerveza con la Carola al bar, en la mesa del fondo, los dos solos.
Uno nunca sabe como va a ser su día, te levantas en la mañana y piensas en ello, tratas de hacerte una idea. Pero luego las cosas se van sucediendo, ocurren simplemente y te vas sorprendiendo, sonríes, te alegras…o te despiertas a una realidad terrible, desgarradora y cruel.
Me acerqué rápidamente a la recepción, temblando de pies a cabeza y sin saber si podía hablar. La mujer estaba concentrada leyendo o decidida a ignorarme.
- “Discp… Disculpe”
- “… Si…”
- “Vengo a reconocer el cadáver de una niña. Creo que puede ser mi hija. La trajeron hace poco… fue atropellada”
- “Oh, si. Espere un momento. Tome asiento, por favor”.
Estaba demasiado alterado para sentarme. Encendí un cigarrillo, con las manos húmedas de sudor y observé el humo ascender por el aire hasta desvanecerse, al igual que mis esperanzas.
La mujer se había levantado de su asiento y había entrado en una sala a su izquierda. Los segundos parecían horas y los minutos no me dejaban en paz. Perdía la noción del tiempo a ratos, por ejemplo cuando me di cuenta que me quemaba los dedos con la colilla del cigarro. Quién sabe cuando lo terminé de fumar.
Atravesando la sala de espera y la recepción comenzaba un largo pasillo. A la derecha había otro, el cual formaba un ángulo recto con el anterior, más corto y que terminaba en una pared con una flecha señalando a la izquierda. Bajo la flecha decía “Cámaras de Frío”. Justo bajo el cartel había un cenicero y me dirigí hacia él.
Me sorprendía que el lugar estuviese tan desierto. El teléfono de la recepción no sonaba, tampoco escuchaba conversaciones y hasta el momento no veía gente en los pasillos. Lo único que oía era el sonido de mis pasos. Al menos al principio.
Las paredes de los pasillos estaban recubiertas de azulejos de color amarillo y presentaban algunas ventanas, todas con vidrios de color negro. Llegué al cenicero y boté la colilla de cigarro con unos cuantos papeles de mi bolsillo. Fue entonces que me percaté de un pequeño ruido, como de aire o un escape de gas, o un….
- Aagghhh!
Llegué a saltar del susto. Una puerta del pasillo atrás mío se abrió y de él salio un hombre casi cayéndose, de unos cuarenta años y ebrio hasta más no poder. Vestía de traje y corbata, obviamente bastante desarreglado. Tenía el pelo casi entero blanco y la cara descompuesta, como si tuviera jaqueca y jadeaba, de manera exasperante, lo cual no le permitía mas que balbucear e hilvanar unas cuantas palabras.
- “Casi me muero del susto hombre!”
- “Jajaja, eso es humor negro, sabe? Mire que venir a morirse a una morgue, jajaja. Oiga, tiene un cigarrillo?”
- “No debiera, realmente me asustó mucho, pero tome. Y que hace Ud. por aquí? Si se puede saber, por supuesto.”
- “Vine a acompañar a un amigo, pero”- miró a ambos lados – “ahora que lo dice, no lo veo por niuna parte, jejeje… Y Ud.?”
Fue como caer de mil metros de altura a un colchón de plumas gigante pero sin el colchón. El haberme asustado, luego enojado y después estar aguantándome la risa ante ese hombre de por sí cómico se esfumó y aterricé en mi sufrimiento. Desde donde estábamos podía ver la recepción y si la mujer gorda volvía con alguna novedad. Entonces me apoyé en la muralla y con una lágrima en mi mejilla empecé a hablar.
- “Vine a…mmm…mi hija no volvía a casa después del colegio. Me preocupé y comencé a llamar a todas sus compañeras, por si estaba en casa de alguna de ellas, pero me dijeron que la habían visto emprender el rumbo camino a casa. Me disponía a salir en el auto a dar una vuelta, por si la encontraba por ahí, cuando recibí una llamada diciendo que había sido atropellada. Dijeron que la llevaban a la clínica Paradise, pero cuando llegué allí un paramédico me dijo que apenas la ingresaron a la ambulancia, ella falleció y entonces la trajeron hasta acá.”
- “Y la mam…hip! Y la mamá?”
- “Su mamá murió al dar a luz”.
Llevábamos dos años de casados cuando ella quedó embarazada. A los pocos meses ella comenzó a sentir malestares, los cuales con el tiempo fueron empeorando. Cuando se acercaba el momento del alumbramiento, creo que ella presentía el fatal desenlace y se transformó en su único motivo para vivir. Debido a su delicado estado de salud, el día del parto llegó estando ella hospitalizada varias semanas antes y por eso también no pude estar presente y tuve que verlo a través de un ventanal. Habían más médicos que en un parto normal, ya que unos se ocuparían de la criatura y otros de estabilizar a la madre en caso de ser necesario. Recuerdo que ella estando recostada en la camilla giró su cabeza y me miró, con tristeza en sus ojos, como diciendo “No sé si podré hacerlo…”. Yo puse mi mano en el vidrio, cerré los ojos acercando mi cara y besé el frío cristal. Al abrir los ojos vi que sonreía, pero aún podía ver un poco de temor y angustia en sus ojos. Fue la última vez que nos miramos.
Comenzaron las labores de parto y ella levantaba su cabeza de la camilla, pujando, con una expresión de evidente dolor en el rostro. Una enfermera le secaba el sudor de la frente y le hablaba constantemente, mientras los demás médicos supervisaban los equipos y los que se encontraban a sus pies se preparaban para recibir al bebé. Todo parecía ir bien, por lo menos así fue por aproximadamente veinte minutos, pero de pronto se agravó. El dolor se le hizo insoportable y comenzó a gritar, con grandes y desgarradores alaridos. Agitaba sus brazos golpeándolos contra la camilla, levantándose de esta arqueando la espalda y moviendo las piernas. Pero cuando agarró del pelo a la enfermera de su cabecera, la cual comenzó a llorar de desesperación, los médicos perdieron su acostumbrada serenidad, esa que los hace estar en control y sintieron pavor. Uno a cada lado intentaban sujetar sus brazos mientras otros hacían lo propio con sus piernas. Yo corrí a la puerta, pero ésta estaba cerrada por dentro. Golpeaba y les gritaba que me dejasen entrar, pero dudo que me escucharan. Adentro el ruido era tremendo: estaban los gritos de mi mujer, los médicos dándose ordenes gritando entre ellos, los pasos histéricos y presurosos de un lado a otro, los instrumentos cayendo al suelo en un metálico estruendo y el monitor cardíaco retumbando en la habitación como el cabalgar de un potro salvaje. De pronto, de entre sus piernas comenzó a asomar la cabeza del bebé. Mi mujer seguía moviéndose frenéticamente, esta vez con convulsiones y botando espuma por la boca. Había perdido varias de las uñas de las manos, sostenía un mechón de cabello de la enfermera en la derecha, la cual lloraba y gritaba tratando de contenerla, y tenía los brazos y piernas con visibles hematomas por los golpes con la camilla y los médicos a su alrededor. El médico que se encontraba a sus pies sujetaba la cabeza del bebé tratando que no se golpeara con las piernas de la madre. A pesar del dolor ella nunca dejó de pujar y gracias a eso el bebé pudo salir del todo, pero en ese mismo momento, con parte de su cuerpo en el aire, mi mujer fue abandonada por la llama de la vida y cayó inerte sobre la camilla, con sus extremidades colgando a cada lado de esta. La habitación estuvo un par de segundos en silencio, el que se interrumpió por el llanto de mi hija. Los médicos y enfermeras se miraron unos a otros, incluso un par de ellos que estaban sentados en el suelo después de caer en medio de la batahola. Comenzaron a reanimarla pero todo fue inútil. Durante el parto sufrió una crisis de pánico y un agudo estado de shock, el cual terminó en un ataque cardiaco fulminante. Mi mujer no alcanzó a conocer a su hija, pero cuando me la mostraron, cuando salió una enfermera con ella de ese pabellón que parecía azotado por un terremoto, no pude hacer más que sorprenderme ya que era idéntica a su madre, como perpetuando su presencia en este mundo, mi mundo. Eso era mi hija hasta hoy.
- “No sabe cuanto lo siento, de verdad. No hay nada peor que perder un ser querido, sobretodo si es un hijo. Yo no sé que haría sin mi mujer, la amo más que a nada en este mundo.”
- “Gracias.”
En eso vi salir a la mujer gorda y llegar a la recepción. Miraba hacia todos lados buscándome y al no encontrarme tomó asiento nuevamente en su escritorio.
- “Debo ir a hablar con la mujer de la recepción. Está Ud. Bien?”
- “Si, no se preocupe, aunque con una aspirina estaría mejor. Vaya y que Dios lo acompañe”
- “Gracias. Vuelvo en un momento.”
Me acerqué a la recepción. La mujer escuchó mis pasos y se puso de pie.
- “Ah, aquí está. Mire, en este momento están terminando de hacerle unas fotos al cuerpo para el archivo y la prepararán para que la pueda retirar. También traerán la ficha, la cual llenaremos con sus datos y los de su hija. Espero pueda esperar unos minutos”.
- “Si, está bien, me siento un poco mejor”.
Miré hacia la salita de espera pensando en que sería bueno descansar un rato, pero me decidí a volver donde estaba el hombre ebrio. Me dirigía de vuelta al pasillo cuando de repente se escuchó un gran estruendo y unas luces me iluminaron. Se abrió la puerta de entrada y entre las luces de la ambulancia podía ver unas siluetas que se aproximaban rápidamente hacia mi.
- “Muévase hombre”
- “Cuidado, quítese”
Me hice a un lado. Era un grupo de hombres de blanco que ingresaron con dos camillas, en las cuales venían dos cuerpos cubiertos con sábanas blancas. Se detuvieron ante la recepción y hablaron con la mujer gorda, ésta hizo una llamada telefónica y siguió leyendo su revista. Un momento después apareció un hombre de bata blanca, pero que además llevaba guantes de goma y una mascarilla en la boca. Se la bajó hasta el cuello y comenzaron a hablar. Me acerqué para poder escuchar.
- “… nde los encontraron?”
- “Ambos iban en una camioneta que se estrelló a exceso de velocidad contra una barrera de contención en la carretera noventa y seis y que posteriormente volcó. Estaban en evidente estado de ebriedad, como lo evidencia su olor corporal. Este es el que iba conduciendo, murió instantáneamente, según se puede ver a simple vista…”
Descubrió la sábana sobre su cara y me sobresalté inmediatamente. El rostro de ese pobre hombre estaba destrozado: tenía magulladuras y moretones en la frente y los pómulos, tenía un ojo reventado y casi salido mientras el otro estaba completamente cubierto por un párpado morado y totalmente hinchado. La nariz estaba lacerada, desviada hacia un costado y dejaba a la vista una de las fosas nasales, hueso y cartílago. La boca estaba entre abierta mostrando la pérdida de varias piezas dentales, una lengua grisácea y tenía abundante sangre seca bajando desde las comisuras de la boca hasta el cuello.
- “Mmm, ya veo”- dijo cubriendo el cadáver – “Muéstrenme al otro”.
Sentí terror como nunca en mi vida, un frío recorriendo mi espalda dejándome petrificado, sintiendo mi corazón acelerarse en trepidantes pulsaciones, contemplando boquiabierto el rostro del occiso. Estaba vestido de traje y corbata, el pelo canoso y despeinado, de unos cuarenta años. Tenía un gran agujero en la cabeza a la altura de la sien derecha y su cabeza estaba inclinada hacia su hombro izquierdo por una fractura cervical. Pero era inconfundiblemente el hombre con quien estuve conversando en el pasillo. Sentía como si estuviera congelado y con el corazón apunto de explotar.
- “No!, no puede ser!”- grité en voz alta con voz temblorosa y retrocediendo.
- “¿Quién es este hombre? Sáquenlo de aquí de inmediato”
- “No, es imposible, no…”
Temblaba de pies a cabeza, con una expresión de pánico en el rostro. Me giré hacia el pasillo y ahí pude verlo, con las manos extendidas hacia mí y con una insana mueca en el rostro, riendo y con los ojos blancos. No podía ser, volví a mirar con detención pero no había nadie, el hombre muerto había desaparecido. Sentía que me estaba volviendo loco. Dos de los hombres de blanco me sujetaron de los brazos, forcejeaba con ellos y gritaba de miedo, pero pronto comencé a perder fuerzas, a escuchar todo de lejos y a ver borroso hasta que me desmayé. Corrí un gran riesgo al desvanecerme en una morgue y ahora que lo pienso me da escalofríos: despertar en una camilla rodeado de muertos, decenas de cadáveres cubiertos con sábanas blancas a mi alrededor, con los pies descubiertos de un color blanco mortecino y una etiqueta atada al dedo pulgar.
No sé cuanto tiempo transcurrió, pero menos mal que eso no sucedió y desperté en una sala un tanto abandonada, como de depósito de cosas descompuestas o en desuso: una fregadora de pisos, unas cuantas sillas con por lo menos una parte rota, un escritorio metálico corroído, un ropero inclinado, escobas, baldes, bidones y la camilla en la que me encontraba, la cual aparte de rechinar mucho no parecía tener nada malo. Luego sabría que los que trabajaban allí le inventaron un desperfecto para que fuera dada de baja y así usarla para dormir en los turnos de noche.
Miraba el cielo de la habitación intentando recuperarme cuando me sentí observado. Mi corazón comenzó a acelerarse y sentía cada vez mas un frío en el cuerpo, empezando nuevamente a temblar. A mis pies vi unos ojos grandes y una cara un poco pálida. Había pasado demasiados sobresaltos esa noche, pero no esta vez. De pronto lo único que quería era llorar sin parar.
- “Paulina, hija mía”- dije con lágrimas corriendo por mi cara.
- “Papito lindo, vine a despedirme. Te quiero.”
- “Ven” – dije estirando mis brazos, corriendo la sábana que me cubría y sentándome en la cama. – “Te voy a echar tanto de menos”.
Me agaché para abrazarla, la levanté en mis brazos y la senté en mi rodilla.
- “No papito, no estés triste, yo voy a estar siempre contigo y esperándote junto a la mamá. Cuando me vio dijo que yo era la niña más bonita que ha visto y más de lo que siempre imaginó, pero ella es preciosa, es la mamá más linda del mundo”
- “La has visto?”
- “Si. Le digo que venga?”
- “Si claro.” – dije sonriendo.
- “Mami?”
En eso todo alrededor comenzó a oscurecer, lentamente, como si apagaran la luz, hasta quedar todo negro, pero luego empezó a aclararse de nuevo iluminando una gran pradera, con un lago y grandes montañas de fondo. A lo lejos apareció una silueta vestida en un vestido blanco y larga cabellera rubia al viento. Una vez frente a nosotros sonrió y nos abrazamos. Estaba mas bella que nunca.
- “Como estás amor?” – dijo con voz suave y dándome un beso en los labios.
- “Bien. No sabes cuanto te he extrañado. Me has hecho tanta falta.”
- “A mí también, pero así son las cosas. Fuiste un buen padre para ella. Ahora debemos irnos, pero no te sientas mal. Estamos muy bien aquí y te esperaremos con ansias. Despídete del papá Pauli”
- “Chao papi, te quiero” – dijo colgándose de mi cuello y besándome en la mejilla.
- “Chao hijita, te amo mucho” – le dije sonriendo pero volviendo a llorar.
De pronto a sus espaldas empezó a acercarse mucha gente, siluetas que no podía distinguir pero que luego empezaron a dilucidarse. Entre ellas veía algunas caras conocidas, viejos vecinos o lejanos parientes. Pero de entre ellos aparecieron dos hombres abrazados, como lo hacen los borrachos, pero ciertamente ya no lo estaban. Eran el hombre canoso con el que hablé en el pasillo de la morgue y su amigo. Ya no tenían heridas del accidente y ambos sonreían de felicidad.
- “Nunca me dijiste tu nombre” – dije.
- “Miguel, mi nombre es Miguel” – dijo el hombre canoso del pasillo – “Si ves a mi mujer recordarás que decirle?”
- “No te preocupes amigo, se lo diré si tengo la oportunidad”
- “Gracias. Esa es tu hija? Es preciosa”
- “Es igual a su madre”
Con mi hija aún en brazos me volví hacia mi esposa para despedirme. Nos tomamos de la mano y nos besamos. Puso mi mano en su espalda y la suya en mi cara. Así estuvimos un momento hasta que sus labios se separaron de los míos y sus ojos se abrieron para mirarme por última vez.
- “Cuídate mucho mi amor. Te amo, estaré esperándote”
- “Adiós. Las amo y espero verlas nuevamente. Un beso”
Terminadas esas palabras empezó a oscurecerse todo a mi alrededor nuevamente, las montañas, los prados y las personas a sus espaldas, las cuales movían sus manos despidiéndome. Ellas también se ensombrecieron, desvaneciéndose entre mis brazos, convirtiéndose en una cálida brisa. Y alcanzada la penumbra, apareció la vieja pieza abandonada donde desperté. Me sequé las lágrimas, me arreglé un poco y salí.
Caminé por el pasillo y llegué a la salita de espera donde estaba una mujer sentada llorando. Vestía un falda de lino, una blusa de hilo y un abrigo corto de piel. Tenía un rosario en las manos y lloraba en silencio, con rápidas sacudidas y sollozos. Después de mi fantástica historia me sentía mucho más calmado y entendía perfectamente como se sentía. Me senté a su lado pensando que quizás hubiera algo que pudiera decirle para hacerla sentir mejor.
- “Sé como te sientes. Acabo de perder a mi hija y estaba igual que tu, pero créeme, ellos están mejor donde están”.
- “Si, lo sé” – dijo levantando su cara y mirándome – “Lo que me duele es la circunstancia, el que no me haya hecho caso nunca. Mi marido… era tan porfiado y bueno para el trago. Salía siempre después del trabajo con su compadre a tomarse unas cervezas, pero esta vez andaban en su camioneta y se estrellaron en la carretera, por lo que me contaron las personas aquí. Entonces siento que no pensó en mí, en que me dejó sola por el alcohol. Quizás no signifiqué nada para el”
- “Por casualidad se llamaba Miguel, unos cuarenta años, pelo cano…?”
- “Como lo sabes?” – dijo levantando su cara y mirándome sorprendida.
- “No puedo decírtelo. Lo que si te puedo decir es que hablé con el y me dijo que no sabía que hacer sin ti y que te amaba mas que a nada en el mundo.”
Me miró largamente. Era increíble, era una locura, pero vi que me creía y lo aceptaba, porque mis ojos no le mentían. Sus lágrimas se detuvieron y se tranquilizó.
- “Gracias” – dijo, consolada.
- “Si, así son las cosas”
Tomé su mano y el rosario y ella lo correspondió apretando la mía y apoyando su cabeza en mi hombro. Nos tocó quedarnos en este mundo para seguir luchando y tenemos que apoyarnos, sabedores de que aún no somos dignos del gran premio. No te imaginas cuan cerca nuestro la gente muere todos los días, a cada segundo. Einstein dijo que Dios no juega a los dados; yo te puedo decir que la muerte es siempre el empleado del mes.
Me quedé dormido junto a esa mujer esa noche y finalmente mi hermano se encargó del trámite de retirar el cuerpo de la Pauli. Mi cuñada la vistió y yo ni siquiera tuve el coraje para verla, preferí quedarme con el recuerdo de ella llena de vida junto a su madre. Fue una ceremonia muy íntima junto a familiares y amigos. El momento más emotivo fue cuando sus compañeros y amigos junto al coro del colegio cantaron “Hold on to my heart” de WASP. De la mujer no volví a saber nunca y espero que se encuentre bien donde quiera que esté. Yo debo decir que muchas veces me siento solo, pero pienso en que la vida es tan corta y hay tanto para hacer, tanta gente que conocer. Hay días que me levanto temprano en las mañanas y voy al parque a ver como los niños juegan al fútbol o como las parejas tallan un corazón y sus iniciales en un árbol. Otras veces, después de ver el noticiario parto al bar más cercano a tomarme un trago, me siento en la barra o en la mesa del fondo y conozco gente. Aunque debo admitir que me gusta más encontrarme con conocidos. A veces cuando estoy viendo la pichanga, veo a la Pauli correr detrás de los niños intentando robarles el balón o escondiéndose detrás del árbol donde se besan los enamorados. Y también voy de vez en cuando a tomarme una cerveza con la Carola al bar, en la mesa del fondo, los dos solos.
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