Héctor detiene el tren subterráneo, abre sus puertas para que bajen los pasajeros y sale de la cabina para tomar un poco de aire. Se voltea a ver como el flujo de gente saliendo de los vagones comienza a menguar hasta detenerse; ve a uno de los del personal de aseo que lo saluda a la distancia y lo responde asintiendo con la cabeza. Entra nuevamente en la cabina, cansado y con ganas de marcharse a su casa, pero cuando se dispone a cerrar las puertas ve a un hombre parado al fondo del andén vestido con un impermeable largo de gabardina y un sombrero de ala ancha, entero de negro. Héctor volvió a bajarse, pero al salir se dió cuenta que la estación estaba vacía, a excepción del extraño. El andén a sus espaldas estaba cubriendose de humo y la luz de los vagones anteriores comenzó a parpadear. Cuando volvió a mirar hacia adelante, el hombre de negro caminaba dando largas y lentas zancadas, sin mover las manos y con la cabeza inclinada. Cuando estuvo a unos cinco metros de él alzó su cabeza y bajo su sombrero Héctor en un comienzo pudo ver que sonreía, pero cuando se dió cuenta que eran solo dientes desprovistos de labios, que su barbilla no tenía piel y que su cara en si tampoco, retrocedió hasta tropezar y caer sentado sobre el frío suelo.
- "Qq... quien es ustt-ted?"
El hombre se paró frente a él y pudo ver que además una de sus cuencas estaba vacía y que los nervios del globo ocular le colgaban hacia afuera como tallos marchitos, junto con trozos de los párpados. Héctor logró reaccionar y rápidamente se introdujo en la cabina a gatas, respirando rápidamente y sudando frío en la frente y las sienes. Cuando se puso de pié para cerrar las puertas pudo ver que el hombre de negro se encontraba detrás de la puerta del vagón contiguo observándolo por la ventana. Se miraron durante unos segundos y de pronto creyó comprenderlo todo, ahora todo tenía sentido.
- "Si, no cabe duda. He logrado reconocerte a pesar de lo desfigurado que estás. Créeme que no pude detenerme. Espero me perdones" - dijo en voz baja, acercando su boca a la ventana y empañando el vidrio.
Y así Hector dió media vuelta y cerró las puertas de los vagones, temblando y al borde del colapso. Tiró de la palanca hasta que el metro comenzó a moverse pesadamente, pero cada vez mas rápido, hasta desaparecer más allá de la última estación.
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1 comentario:
este cuento esta muy gueno, tiene buen comienzo pero podira haber sido un poco mas largo y el final es lo que mas me gusto. así que salud por eso....hip!!
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