Era de madrugada y me dirigía por trabajo a un pueblo en la pre cordillera. Me encontraba sentado en uno de los departamentos del tren mirando a través del vidrio, feliz de que el cambio de estación se hubiese llevado lejos el frío del invierno y ahora, en cambio, pusiera ante mis ojos un paisaje más lleno de vida, menos gris y más fértil. Me pesaban los párpados y amenazaban a ratos con cerrarse debido a la falta de sueño y a tan imprevisto llamado a laborar. Desde un principio me cuestioné el hecho de tener que levantarme tan temprano, aún a oscuras, pero toda duda se fue de mi cabeza al saber cuanto sería la paga, la cual superaba ampliamente la de mi anterior trabajo. Era sólo cosa de acostumbrarse.
Si bien el tren en el que viajaba era antiguo, debo decir que contaba con muchas comodidades. El pequeño cubículo en el que iba contaba con dos asientos dobles de cuero negro, para dos personas cada uno y ubicados uno frente al otro. Las paredes y la puerta que daba al pasillo eran de pino barnizadas color caoba, con unas molduras doradas con diseños victorianos, las cuales lo hacían a uno retroceder en el tiempo. Solo junto a la ventana, bajo la luz fluorescente, miraba el tembloroso paisaje en penumbras pasando junto a mí, la vegetación, las altas montañas bañadas de brillante luz derramada de una gran luna llena, la cual vigilaba todo el lugar, inmóvil y dispuesta a seguirme a destino. Pensaba en que bien podría dormir un poco antes de llegar, así que apoyé los pies en el asiento frente a mí y cerré los ojos.
Al abrirlos me encontré en un desierto. Sentía mucho calor, estaba sudado y sin camisa bajo un sofocante sol, empuñando una pala en mi mano y cavando un agujero en la arena. Pero con cada palada, con cada cerro de tierra que retiraba, el hoyo no aumentaba ni en tamaño o profundidad. Entonces ponía más energía a la faena y con nuevos bríos trataba de lograrlo, pero todos mis esfuerzos eran en vano. Solté la pala y caí rendido sobre mis rodillas, cuando de pronto, mientras miraba el agujero, el sudor empapaba mi frente y sus gotas caían al abismo de arena, pude ver que algo brillaba de entre ella y asomaba hasta la superficie. Resplandecía a la luz del sol, irradiando paz, haciéndome olvidarlo todo, el intenso calor y el cansancio. Acerqué mi mano para tomarlo, temiendo que, como una mariposa, huyera volando, desapareciendo para siempre. Lo tomé y lo puse ante mis ojos. Era un gran diamante, de hermosos colores y perfecto corte. Me preguntaba como habría llegado allí, pero al no alcanzar respuesta alguna, lo guardé en mi bolsillo y seguí cavando. Ahora no había cansancio en mi ser y el agujero crecía el doble con cada palada. Me costaba entenderlo, pero era como si…
Desperté y por poco caigo del asiento. El tren había frenado, mis pies habían caído de la butaca y mi cabeza se había azotado contra el vidrio de la ventana. Con un dolor palpitante en la sien derecha pude ver que habíamos llegado a una estación intermedia antes de llegar a destino. Estaba poblada de gente madrugadora, iluminada por una hilera de faroles entre la niebla. Observé a unos cuantos pasajeros de todas las edades, acercándose al andén a tomar el tren, todos bien arropados y exhalando vaho por sus bocas.
Hasta que la vi.
Estaba parada al final del andén fumando un cigarro, vestida con un largo abrigo de piel blanco y con sus rubios cabellos suavemente mecidos por el viento. Caminó hacia la puerta del vagón, caminando grácil y sutil, como un ángel, oscilando su femenina humanidad para ser contemplada, admirada y deseada. Después de darle una sonrisa al empleado a cargo de la entrada, subió dejando a muchos hombres fugazmente enamorados, incapaces de decirle palabra y con la convicción cierta de nunca volverla a ver.
Me preparé para que alguien entrara y se sentara a mi lado o en frente. Quizás una mujer con su hijo llorando, lo que detesto, o un anciano que probablemente se pusiera a dormir y con sus ronquidos despertara a todo el tren. El flujo de pasajeros hacía un gran ruido, entrando con pesadas valijas y acomodándose donde podían. Tras la puerta de mi pieza, no podía verlos sino más que imaginarlos. Al ver que nadie entraba, me acurruqué para seguir soñando.
Hasta que sentí que la perilla de la puerta, era girada fuertemente y con decisión. Se abrió rápidamente, haciéndome despertar y sacar mis pies de donde estaban. Ante mis ojos apareció la rubia del andén, la que si bien me desilusionó un poco al ver que teñía sus cabellos, no dejó de sorprenderme ante semejante belleza. Era una adolescente de unos veinte años, que tras su blanco abrigo, vestía un corsé negro y una blusa de encaje del mismo color. Un vestido y unas botas de tacos altísimos cerraban el cuadro, como musa del más eximio pintor. Caminó sin decir palabra y se sentó frente a mí.
Podía sentir como me latía el corazón, furioso, probablemente de nervios. No podía dejar de mirarla debido a lo bella que era. Sus ojos eran oscuros y parecían no tener fondo. Su nariz era perfecta, grande y angulada, como la arista de un diamante, la cual le daba un aire interesante y armonioso a su rostro. Por último, sus labios eran de un color rosado natural que hacían ver su boca como un botón de rosa. Era un monumento a la belleza y a la juventud.
Miraba soñadora por la ventana el paisaje siendo tenuemente alumbrado por los primeros rayos de un tímido sol. Podía ver que sus ojos estaban vidriosos, luciendo el inconfundible brillo que sucede al llanto. Me preguntaba que tanto podría atormentarla a tan corta edad, cuál sería esa pena tan grande que la hacía estar tan ida y ausente. Recordé alguna desilusión profunda o un desengaño tremendo en mi vida como para entender como se sentía, pero no encontraba ninguno. Yo, mucho mas maduro, sabía que se los había llevado el tiempo y los había sepultado bajo todos los pasados – y pesados - granos del reloj de arena de mi vida. Me sentía sereno al tener esta capacidad, esa especie de don, pero que estaba seguro que los años también le darían a ella. Mas le valía que así fuera.
Pero de pronto me di cuenta de que su mirada estaba fija en algo más allá del cristal, inmóvil e inexistente, sin contemplar nada. Estaba ensimismada en sus pensamientos, como durmiendo despierta. Necesitaba aterrizar lo antes posible.
- “ Disculpa?” – dije suavemente para no asustarla, lo cual de nada sirvió, ya que se sobresaltó igualmente. Giró su cabeza despacio con cara de interrogación – “Te sientes bien?” – pregunté.
- “Si. Por que lo preguntas?” – dijo.
- “No pude dejar de notar cierta pena en tu rostro. De veras estás bien? Viajas sola?”
- “Si, estoy bien, gracias. Y si, voy sola”
- “Viste la luna?”
- “Si, se ve preciosa”
- “Es bella, pero apostaría a que está celosa de ti. Ella no resplandece tanto como tú” – dije.
Sus ojos sonrieron y soltó una pequeña risa. Hablamos durante un rato. Me dijo su nombre, a donde se dirigía y en quien pensaba mientras miraba hacia afuera por la ventana. Me dijo que ya estaba superado, pero que como viajaba mucho no tardaba en ponerse melancólica al dejar un lugar y recordar momentos de dulce y de hiel. Con mi mejor sonrisa la invité al carro comedor a tomar algo y aceptó gustosa.
Nos sentamos en la última mesa del último vagón y conversamos de todo un poco. Fue grande mi sorpresa al saber que se dirigía a trabajar al mismo lugar que yo, lo cual me alegró, sabiendo que podríamos acompañarnos el uno al otro en este lugar extraño y tan lejano. Luego de unas copas, de conversar durante horas de manera sincera y reír alegremente, nos quedamos callados por unos segundos, sabiendo de lo afortunados de habernos descubierto e inventar juntos aquel momento. Sin duda nos necesitábamos. De seguro eso me dio el coraje suficiente para tomar su mano sobre la mesa, sintiendo su calor y como lo correspondió apretando la mía a la vez. Nuestros ojos se encontraron para abrazarse durante minutos y así permanecimos, en silencio ya que toda palabra estaba de mas, tomados de la mano y mirándonos. Le dije si me acompañaba y asintió.
Abrí la puerta del último vagón y haciéndome a un lado, la invité a salir. Caminó hasta llegar a la baranda y apoyó sus manos, aferrándose al frío metal. Se podía ver el paisaje alejarse rápidamente, los árboles, los prados y las viejas casas en la lejanía. Los rieles iban quedando atrás rápidamente transformándose en sólo un punto en el horizonte. Sin estar seguro de lo que pasaría, me acerqué hasta su espalda y la abracé por detrás. Su abrigo era agitado violentamente por el viento, al igual que su pelo, el que tomé con mi mano y lo aparté para dejar desnudo su cuello, el que besé cerca de su espalda. Se giró decidida y rodeando mi cuello con sus brazos, nos besamos ese amanecer, solos sobre el tren escalando las alturas. Su cálida boca me ofreció su néctar, del que bebí hasta saciar mi sed. Sus labios acariciaron los míos mientras mis manos hacían lo propio con su cuerpo, bajando por su espalda, tocando sus pechos y su entrepierna, cayendo mi mano en la trampa de sus muslos.
Al llegar a destino, nos bajamos tomados de la mano y una vez en el andén me puse frente a ella, acaricié su mejilla con mi mano y tomando su delicada cara por la barbilla, la besé nuevamente en los labios, de manera apasionada y tierna a la vez. Recogimos nuestras maletas y emprendimos el camino.
Los días transcurrieron tranquilos y felices. En nuestro trabajo éramos inseparables, compartíamos los víveres y reíamos a cada momento. Después de nuestra jornada laboral, solíamos ir a un cerro cerca de la obra, el cual subíamos para sentarnos en unas rocas y amarnos sin pensar.
- “Sabes? Hay una historia sobre este lugar. No es nada buena.” – le dije al oído, mirando pensativos hacia el cielo frente a nosotros, con ella sentada entre mis piernas.
- “Si? Y cuál es?” – preguntó con su voz de niña mujer.
- “Dicen que hace mucho tiempo, este lugar era visitado constantemente por parejas de jóvenes, las cuales se encontraban aquí a escondidas para demostrarse su amor en un tiempo en que aquello les estaba prohibido por el párroco del pueblo. Era una especie de refugio para los enamorados. El cura, al saber de su existencia, montó en cólera y, renunciando a sus principios cristianos en busca de un escarmiento para quienes gustaba llamar “perdidos”, echó un maleficio en esta cumbre. Cuando le preguntaron cómo podía haber hecho algo semejante, él se limitaba a contestar: “Si viven en pecado, que se vayan con Satanás, porque ya no son hijos de Dios. Si hice lo que hice, él sabrá perdonarme. Era menester que así fuese”. Del cura nunca más se supo, desapareciendo misteriosamente y sin dejar rastro. Pero muchos, hombres y mujeres enamorados que vieron su amor morir y desvanecerse, se lanzaron desde esta piedra al vacío para terminar con sus días de tormento. Desde aquel tiempo se dice que quienes se besen en esta cima, se separarán y su amor se habrá perdido”.
- “Y tú crees en esas cosas?” – dijo, volteándose y besándome en los labios. - “No seas tonto. Nos amamos y juntos somos invencibles, nuestro amor es inmortal”.
- “Por qué me amas? No tengo un cuerpo bello ni joven como tú, sólo mi amor, mi locura y mis letras” – dije mirándola a los ojos.
- “Es más de lo que buscaba…” – dijo, para luego besarme lentamente, como bien sabe que me gusta.
Esa noche terminamos en un hotel del centro. Ardiendo de pasión llegamos a la habitación, cerramos la puerta como pudimos, abrazados, besándonos locamente y despojándonos de nuestras ropas rápidamente y sin tiempo que perder. Una vez desnudos la tomé en brazos y la deposité suavemente en la cama. Era hermosa. Yacía desnuda, con su legua humedeciendo sus labios y pasando su mano entre sus pechos, bajando hasta su vientre para encallarla luego en su sexo, entre su púbico césped. Me recosté a su lado y la besé en los labios. Nos abrazamos y rodamos por el lecho, tocando su piel de leche, suave como la nieve, besándola en los labios primero y dispuesto a recorrerla desde la cabeza a los pies. Comencé bajando por su cuello, mordiendo y lamiendo hasta llegar a su pecho, apretando sus senos, poniendo mi boca en sus pezones erectos para succionarlos febrilmente. Seguí más abajo pasando por su vientre y una vez llegado a su entrepierna, besé su monte de venus, introduje mi lengua en él, haciéndola arquear su espalda, echar su cabeza hacia atrás y morderse los labios de placer. Podía sentir como acariciaba mi pelo con sus manos, jadeando de goce. Una vez que alcanzó el orgasmo, me levanté y me puse sobre ella, abrazándome con sus piernas, sabiendo que quería más.
La besé con mis manos en sus mejillas y suavemente me introduje dentro de ella. Gimió al instante y volvió a hacerlo una y otra vez al ritmo de nuestro amor. Sentía sus manos en mi espalda, su respiración agitada, sus pechos moviéndose y su vagina cálida y húmeda. Si la muerte me habría de sorprender, no podría imaginar un mejor lugar.
Nuestros cuerpos se adhirieron en sudor, nuestras bocas gritaban en deleite y nos mecíamos con frenesí. Cuando ella llegó a la luz, enterró sus uñas en mi espalda, encogió los dedos de sus pies y gritó desde lo más profundo de su ser, desde su íntimo triángulo. Caí rendido a su lado y ella se aferró a mi cuerpo, besándonos una vez más. Lo hicimos toda la noche, una y otra vez, hasta que salió el sol y entró por la ventana a decirnos “deténganse”.
Fue maravilloso. Los días que vinieron también, pero de pronto, como el cielo antes de la tormenta, fueron tornándose grises y fríos. Algo en ella cambió, haciéndola hablar cada vez menos, rehuir a mis brazos sin explicación alguna, hasta un día desaparecer para siempre, del trabajo y de mi vida.
La echo de menos, la extraño. Ahora sé que el diamante de mi sueño era ella, el que en mi labor me hacía sentir lleno de vida, llevándose lejos cualquier malestar y llenando de dicha mis horas. Me siento solo. Una vez le dije que se parecía al viento, nunca en un mismo lugar y siempre viajando de norte a sur para visitar a sus padres, y viceversa, a veces cálida, a veces fría. Ingobernable, etérea, indomable.
Así han pasado estos días malditos, teniendo la certeza de que vendrán muchos más. Y cada mañana, cada día que comienza, abrigo aún la esperanza de que vuelva, para verla, para tenerla en mis brazos y besarla… una vez más.
(Dedicado a Fer, la pasajera que conocí mientras transitaba por la vereda del frente de la vida, en la que no para de llover)
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